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Editorial 609: Acerca del supuesto nacimiento de Cristo a finales de año

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 3 ene
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 días

Que la paz y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu, con todos ustedes amados hermanos, amén.

Amados hermanos, esperamos en el Señor que tengan un hermoso amanecer y que el Señor les guíe hacia toda buena obra en Jesucristo, Señor nuestro.

Sabemos que en estas fechas de diciembre el mundo y el enemigo han entretejido una maraña de abominaciones en torno al festejo del supuesto nacimiento de nuestro Redentor en estas fechas y con tristeza participamos que las personas no creyentes tienen esta cadena mental muy difícil de romper.

Son de las cosas que cuesta renunciar a los primeros creyentes que nacen bajo el sello católico -entre otros dogmas más- y con el mero hecho de nombrar vanamente a Cristo “ya es prueba irrefutable” de que toda esta parafernalia tiene sentido y sustento.

Sin embargo, en ninguna parte de la escritura menciona tiempo invernal (ni en el calendario judío) porque el nacimiento fue una promesa -profecía- y, ya cumplida, no hay lógica de celebrarla como si todavía no pasase o bien, como mandamiento de recrearla.

De hecho, Eclesiastés 7:1 dice: “Mejor es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento.”

Desde la caída del hombre, Dios habló y determinó que traería un Salvador, el nuevo Adán, el eslabón que une lo que se rompió y dividió de nuevo a la simiente bendita de los hijos de Dios. A los antiguos habló, para todos ellos fue esa promesa: a quienes no tenían la gracia que ahora los postreros tenemos fue dicha y es gracia cumplida en amor y misericordia. Todos ellos, incluido el mismo Cristo ya murieron y en la muerte del Hijo de Dios ya pasaron aquellos y nosotros quienes hemos creído de muerte a vida.

Y no fue por obras o merecimientos, sino por la misericordia del Padre hacia Su creación. Tito 3:5 declara que “nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo,” dado que Su misericordia fue movida debido a que el género humano cayó víctima de la maldad de otro ser, a causa de su engaño.

Así que, venida la promesa, nacido el niño quien es el Enviado, crecido y muerto a causa del pecado, ahora está sentado a la diestra de Dios Padre. Este es el presente. No más pasado. Nuestro amado Señor ya no es un infante indefenso. Ya es el Rey de Gloria, coronado y poderoso.

Es por eso amados hermanos que no existe mandato o regla de recordar su nacer, celebrar su primera venida al mundo y tomarlo como alguien expuesto, débil y como un bebé. Es un pecado puesto que, por el contrario, se nos manda rememorar su muerte, no su nacimiento. De esta forma, el enemigo lo planta como cizaña para que la mente del hombre no le considere como Señor y, no contento con eso, agregan al árbol vikingo, al solsticio egipcio, el paganismo romano, los simbolismos babilónicos y la mercadotecnia moderna del regordete personaje ficticio.

¿Cuándo el mundo ha sido fiel y obediente a los mandatos del Altísimo? Nunca.

Entonces, por obvia lógica, toda zalamería hecha por el mundo, aun hablando de Dios ¿le agrada al Padre? No, porque se basa en herejía y rebeldía puras.

¿Esta celebración de la natalidad es entonces opuesta a los propósitos de Dios? Sí.

De nuevo ¿por qué? Porque Cristo ya es Rey y Señor. Solo una vez nació. Y no hay mandamiento de lo Alto de hacer toda esta mezcla de actos abominables (y son abominables porque contradicen la Voluntad de Dios, que es confesarle como Su Hijo, Salvador, Maestro y Señor).

Procuremos, amados hermanos en Cristo poner en nuestra mente y corazón la renunciación a estos lazos que drenan vida y energía espirituales, distractores del quehacer de evangelización y testimonio vivo de Dios entre quienes nos rodean. Cortar estas tradiciones el enemigo que simulan ser de Dios y obedecer al mandamiento de salir de Egipto para habitar en el desierto para recibir gracia, poder y convicción sobre qué rumbo dar a la vida, así como nuestro amado Señor Jesús hizo.

Que el amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu amados hermanos, amén.

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