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Editorial 610: El año viejo que fenece

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    Cuerpo Editorial
  • hace 4 días
  • 2 Min. de lectura

Que la paz y la gracia de Nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu, con todos ustedes amados hermanos, amén.

En todo el globo terráqueo, el día 31 de diciembre en cada sociedad occidentalizada y dotada de algún conocimiento religioso y del devenir del tiempo, se apresura a celebrar el fin de un año calendario y el inicio inmediato del siguiente.

En el Señor, nosotros celebramos y gozamos cada día nuevo, no requerimos esperar 365 o 366 días para tal efecto. Cada día trae su propio afán -Mateo 6:34- y las misericordias de Dios son renovadas cada día -Lamentaciones 3:22-23-. Y en la vida espiritual en Jesucristo, vemos su obra acrecentarse. El tiempo nuevo, la verdadera celebración se acerca y el año del Señor, en su venida en el día y hora convenidas viene a marchas forzadas. Esa es nuestra esperanza de celebrar un año nuevo, y este presente es el año viejo que pronto dejará de ser.

Ahora bien, no es pecaminoso tener un momento de reflexión y pensar, de acuerdo al calendario y tiempo de los hombres sobre lo hecho y pendiente por hacer en asuntos laborales y seculares, familiares y personales, incluso en ese preciso día 31. Pero no hay que hacerlo conforme al mundo ni rodeado o contaminado de sus idolatrías y herejías, porque ya es pecado de idolatría.

¿Por qué? Porque ellos, al estar muertos y sin esperanza, sin Dios ni Cristo, actúan según el torcido camino que han elegido. Ropaje de cierto color, comida, entrar y salir, uvas, fantocherías de cargar maletas, clamores y letanías, bailes y encendido de fuego extraño, adoración a demonios, etcétera son sólo algunas de sus perversas actividades y de ninguna manera podemos consentir con eso.

En familia, tener alguna reunión en Cristo, reunión familiar para solaz esparcimiento, la Santa Cena, estar en paz en casa nos es lícito. Incluso hacer fiesta, siempre y cuando no se imiten tales prácticas, como cualquier día. Vivimos para Cristo en testimonio; morimos para Cristo en no hacer tales aberraciones.

Quien tenga la fortaleza de resistir esos influjos, si el Espíritu le muestra asistir para dar el testimonio de Cristo, adelante; si se es débil, mejor quedarse en casa y guardarse en la paz de Cristo.

Todos los días morimos para Cristo. Diariamente se renueva la vida en Cristo. No podemos contaminarnos. Confiamos en el Señor Jesucristo que todos ustedes amados hermanos, serán revelados y consolados al respecto. Hacer esta obra con amor y no obligación es la diferencia entre si andamos conforme al Espíritu o todavía hay que trabajar para saber decir: “esto no es mío”.

Que el amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu amados hermanos, amén.

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