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Editorial 618: El amor y la amistad según el mundo

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    Cuerpo Editorial
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Amados de Dios Padre y nuestro Señor Jesucristo: que la paz y gracia de nuestro Salvador y Redentor Jesucristo, estén plenas en su espíritu y rebosantes en su alma, amén. 

Preciosos y altamente apreciados, comprados al precio de sangre: el 14 de febrero el mundo entero celebra lo que cree que es el mayor de todos los sentimientos. Sin embargo, ese mismo mundo ama, protege y encumbra a los suyos hasta tal punto que, cuando por fin caigan en el precipicio de la condenación eterna por no haber creído en Cristo, la distancia que los separará de Dios será abismal.

El mundo, como ya se sabe y se ha explicado de mil y una maneras, también emula el amor de Dios para con su Creación, además el amor de Cristo por su iglesia y el amor que el Espíritu Santo nos enseña en su investidura dentro de los creyentes. 

Los humanos, al ser imagen y semejanza de Dios, también tenemos esa capacidad de amar. Amar lo tangible, lo visible, lo propio y lo que nos causa felicidad es lo primero que aprendemos. Luego, en segunda instancia, lo porvenir, la meta, el objetivo, la idea, el proyecto, lo no visible.

En ese mismo sentido, amamos lo que va de acuerdo con nuestro parecer, lo fácil, lo que nos conviene, lo qué está a nuestro favor y lo que logramos convertir a nuestra causa. 

Pero eso no es el amor en los términos del Padre.

El amor es descrito por el apóstol Pablo mediante meditación y revelación por el Espíritu Santo. Lo que se lee no es lo que vemos en el mundo, ni entre los hombres. De ninguna manera entre sociedades o naciones, familias y grupos humanos diversos.

Incluso, en el día determinado por la vanidad e hipocresía para celebrar dicho sentir, todos se mueven porque el sistema lo dicta, no de corazón. Aflora el sentimentalismo, la lágrima lastimera, el tono condescendiente y las miradas falsas, sazonadas de besos, abrazos y presentes para hacerse notar como “amorosos”.

Y los otros días del año, ¡a comer prójimo porque el hambre es insaciable!

El amor que Dios nos da -del cual no se celebra un día en particular, sino a cada instante en la vida de los creyentes en Cristo Jesús, Señor nuestro- nos alcanza para estar siempre pensando en su sacrificio máximo de amor: entregar a Su propio Hijo para expiación de pecados de toda la Humanidad. Mayor acto de amor no hay. Y la amistad de nuestro Señor Jesús es sin límite, total y perfecta. Haber muerto por nosotros es lo que ningún amigo podrá superar. Y se escribe esto ya pasada la efervescencia del día porque la idea no es confrontar ni contrastar, sino meditar para convencer.

De hecho, el mundo finge amor con lo que es la pasión, el romance, la coquetería, una cercanía humana y sensorial que no pasa más de ese instante. Ese placer de sentirse en el pináculo de las admiraciones es lo que llaman “el día del amor y la amistad”. Porque todos quieren ser amados, considerados, vitoreados, que se llenen de presentes y buenos comentarios, fiesta, cenas y borracheras.

El amor se celebra apoyándose mutuamente, no condenándose ni criticándose, el amor se perfecciona dedicándolo a Dios y al prójimo sin importar. Se hace fulgurante cuando se perdonan y se olvidan los agravios. El amor es dar la vida por seguir y amar a Cristo en vida. Es aborrecer ser el primero, procurando a quienes sean faltos de algo en lo que se pueda.

¿Por qué el mundo no celebra esto ni lo hace? ¿Por qué no lo promulga y lo promociona? Porque hacer misericordia no es negocio. Hacer el bien no es rentable y luchar por el bienestar ajeno no da dividendos.

Entonces, amados, lo mejor es dar el testimonio cada día, cada momento como si fuera “14 de febrero” y no porque sea esa fecha, sino porque nuestro amado Cristo nos lleva a imitarlo así como él lo hizo. Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre y su palabra nunca deja de ser vigente, de modo que no puede encerrarse en un periodo del año dado que él es Señor del Tiempo y el Espacio.

Que Cristo sea el motor de nuestra vida y el Espíritu nuestro motivador a las obras espirituales.

Que la gracia, amor y paz de nuestro Señor Jesucristo sea en ustedes, amados hermanos, amén.

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