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Editorial 623: La hipocresía humana en la muerte del Cordero

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • hace 6 días
  • 3 Min. de lectura

Que la paz, gracia y sabiduría de nuestro Señor Jesucristo sean a todos ustedes, amados hermanos, plenos y rebosantes, de olor fragante a nuestro Padre, amén. 

En estos días, amados hermanos, se tiene el periodo vacacional del primer semestre del presente año. Además, el periodo por el cual el mundo supuestamente recuerda el sacrificio del Cordero, pero no como el Hijo de Dios, nuestro Señor, Salvador y Maestro mandó lo recordásemos, sino según sus concupiscencias.

Crucifican al Cordero, lo vituperan y lo humillan, lo matan y ahí lo dejan en la cruz. Sí, claro, supuestamente lo resucitan pero no lo creen, solo imitan de labios para afuera. Ven anualmente representaciones porque no tienen fe para creer, solo el hígado y la dura cerviz para ver y luego olvidar. Los más pecadores, se hace malditos al imitar el devenir de Jesús, pues usurpan su lugar y romantizan el verdadero propósito de su sacrificio.

Ninguno de ellos cree en él, solo simulan servirle. Creen que eso es mandamiento de los cielos y es ordenanza humana de origen demoníaco.

La religión adúltera somete a millones a este engaño, junto con su líder y sus secuaces en vestidos largos para evitar vean la verdad. El Señor Jesús no quiere representaciones, sino sacrificios y crucifixiones propias, reconociendo el valor de su muerte y no la actuación hipócrita en la muerte del Cordero.

Si leyeran la escritura, en ambos pactos, en ningún lugar está escrito que se represente dramáticamente este acontecer que fue incluso el parteaguas de las eras del Hombre. Pero no leen: se arrancan los ojos para no leer, se tapan los oídos para no oír y cierran su corazón para no creer.

Las imitaciones nunca son buenas, porque lo único y original es irrepetible; por tanto, anatema es quien pretenda emular el valor del sacrificio para el derramamiento de la sangre por vanidad disfrazada de obediencia.

Amados, si el Señor Jesús les hubiera pedido eso, ¿lo harían? ¡Por supuesto que no! Todo está en contrariar a la Deidad.

Por eso, no podemos convalidar, justificar, participar o dar siquiera un gramo de justificación porque quien lo haga automáticamente se hace comparsa de la muerte de la sangre derramada para salvación. Es como cualquiera de ellos que gritasen en aquellos días “¡Crucifícale!”, o como aquellos que dijeran con soberbia: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. El Cristo, Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, para que veamos y creamos.” Marcos 15:31-32.

El mismo Cristo acota, cuando dijo: “De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ese es ladrón y salteador.” Juan 10:1. Todos aquellos que suplantan a Cristo en cualquiera de sus funciones, atribuciones, potencias, palabras y adoración, son éstos ajenos, los cuales las ovejas no oyen y huyen y solo los cabritos se quedan. Se pertenecen mutuamente.

Amados hermanos, en estos ya últimos tiempos, la lectura de la escritura en el nuevo pacto ya no debe ser un acto religioso o proceso rutinario, sino una enseñanza práctica a las últimas generaciones por venir. Porque ya viene Cristo. Cada día que pasa es uno menos que tenemos que esperar y es menester que nos halle trabajando, por si acaso viniese ya. En este pensamiento tenemos que trabajar, no por miedo o terror, sino ánimo de vernos ser hallados diligentes, despiertos y fieles.

Consideremos que estas representaciones para nada aportan al evangelio y no podemos ser partícipes del engaño, pues también está escrito que Jesucristo gloria de hombres no recibe.

Que la gracia, amor y paz de nuestro Señor Jesucristo sea en ustedes, amados hermanos, amén.

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