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Editorial 634: Efervescencia mundial

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Amados lectores y hermanos, que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén. 

En estos días, el mundo está volcado en disfrutar cierto evento deportivo que acogen las tres naciones norteamericanas. Se ve en la nación más al norte mucha discreción, en la nación del centro bastante tensión y en el país del sur en esta región demasiada diversión. En todas las épocas del hombre han existido eventos lúdicos que el Señor permite sucedan, pues es parte del poder terrenal que goza el mundo, siempre y cuando no contravengan los intereses propios del reino y no manche la pureza del evangelio ni infame el nombre del Hijo o del Padre.

Los romanos, por ejemplo, tenían sus juegos en el Coliseo, los griegos tenían sus olimpiadas, las cuales fueron retomadas por los europeos en los finales del Siglo XIX, el antepasado. También, conforme el concepto deporte tomó forma de competición, alejándose del entrenamiento militar para ser algo de espectáculo de las masas, se da que muchas personas se inspiran y practican dichas actividades, unas para ser los mejores en cada disciplina fìsica y otras para simplemente gastar energías en algo “útil”.

Sin embargo, la iglesia no puede ni debe involucrarse en estos asuntos, debido a que no tienen relevancia en la eternidad, ni en el evangelio, como tampoco en la fortaleza de fe, amor y esperanza entre los creyentes. Si bien es cierto los individuos creyentes sí pueden tomarlo como profesión y modo de vida honesto, oficio legal y apto ante los ojos de Dios, no puede tenerse la mente, corazón y pensamiento en esto.

El cuerpo es el templo del Espíritu Santo y como tal, no puede ser un nicho para adorar por mucha fanaticada amante del deporte que se practique. La humildad y el sacrificio de todo lo que se hace encomenarlo en el nombre de nuestro Señor Jesucristo es el antídoto perfecto para eliminar toda chance de soberbia y negligencia espirituales. Si se usa el cuerpo como herramienta de trabajo y no como ídolo todo estará bien, pero el creyente deportista no podrá dejar de estar en oración para que la obra de sus manos sea bendecida y obtenga el resultado buscado.

Ya sea practicar un deporte individual o colectivo; sencillo o complejo; vistoso o discreto, debe todo hermano ataviarse con el uniforme de la fe, de la humildad y del esfuerzo respetuoso. Nada de patanerías, poses de diva, mensajes mundanos vanos, arrogancia pestilente y conatos de ira humillantes. Es parte de la cruz que tienen que cargar nuestros amados hermanos en Cristo quienes participan en ese evento o en algún otro: encomendar todo en el santo nombre del Señor

Los que son espectadores, pueden alegrarse o entristecerse, más no enojarse. Pueden sentir estrés momentáneo, mas no entregar su corazón a placeres indebidos como apuestas, declarar cosas vanas como desear victorias o derrotas audiblemente de modo vulgar, cuando sea encomendarse al Padre por las visitas a los estadios designados el testimonio a dar. Y ya que se habla de eso, siendo creyente hay que refrenar la lengua para no expresar maledicencias, agresiones verbales como desear mal o proclamar infamias y tonterías a los rivales. Es estar viendo este deporte con el Espíritu Santo -dentro de ellos- para disfrutar un momento de solaz esparcimiento.

Y tenemos la permisión expresa de gozarnos si se tiene una afición por algún deporte o deportista, siempre y cuando no arrebate la primacía de nuestro Señor Jesucristo en estos eventos. Todo nos es permitido, aunque no todo conviene o edifica. La sabiduría de lo Alto nos mostrará qué hacer, a dónde ir y qué decir. La prudencia no está peleada con la diversión; la alegría no es pariente de la torpeza y el enojo siempre lleva a perder por goliza.

Así que, amados, quienes gusten de observar o practicar deportes, hay permisión de nuestro Señor, solamente que no haya espacio a idolatría, necedad, ira, palabras ociosas y pérdida del dominio propio.

Que la sabiduría, la gracia, la paz y la inteligencia de nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en aquellos que lo necesitan, amén.

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