Editorial 636: Hay que saber perder.
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Amados lectores y hermanos, que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén.
Amados hermanos, ahora que se llega el final del evento futbolero que atrapa y mantiene fascinadas a las multitudes, notamos ya muchos países quedan fuera del torneo cuatrianual y ocasiona tristeza, amargura y desazón. Se generan polémicas y discusiones sobre cómo o por qué la selección que cada quien apoya “debía” continuar y que el rival quedase fuera en su lugar.
Son cosas vanas que no aprovechan en lo espiritual, lo sabemos, pero también que el Señor en su multiforme gracia y misericordia, seamos adeptos a los deportes y por tanto apoyadores del desempeño y logros de las personas o equipos favorecidos por nosotros.
Lo que sí es la recomendación por parte del Espíritu es que no dejemos que estas pasiones dominen nuestro criterio, seduzcan y adormezcan nuestro juicio y pongamos nuestro corazón y lengua en esto. Ya vimos en la entrega pasada el efecto de una lengua insensata y entre los hijos de Dios no podemos caer en provocaciones y mucho menos, crearlas y menos entre hermanos.
El dominio propio es la herramienta útil para este tipo de testimonio ante familiares y amigos, creyentes o incrédulos es lo mismo. Cristo nos enseña a ser ecuánimes y disfrutar algo no es imponer una sentencia o un pensamiento. No es condenar o maldecir, tampoco es desear el mal y mucho menos, echar improperios a los que discrepan.
Los deportes generan mucho fervor, pero quien no crea sea fuerte para resistir el embate de “entrar en el pleito” mejor que se abstenga. No estamos hechos para de manera voluntaria estar metidos en discusiones inútiles. Si el contrario es incrédulo y tiene la pinta de iniciar pleitos, mejor callarse practicando la sabiduría.
Si pensamos o expresamos inconformidad, desasosiego y frustración por un resultado adverso, ante todo, usaremos la mente de Cristo para domar ese impetuoso deseo de despotricar contra entes, personas o situaciones.
Y si por ejemplo hay alegría y algarabía porque todo se da a favor, prohibido humillar, molestar y echar en cara a los contrarios, eso es un pecado grave porque se está instando al enemigo a actuar en contra de quien profiere palabras vanas. La victoria es momentánea, no hay que perder el juicio tampoco, dado que nadie controla algo, todo es ajeno a lo que una boca diga. Dios permite que haya un ganador y un perdedor y sobre esta realidad hay que actuar.
Se vale disfrutar, pero con prudencia, en cualquier actividad humana que implique competitividad y solo uno logre el cometido, prudencia, silencio y compostura. Y eso es el trofeo para nosotros, que el Espíritu gane y la carne se someta.
Perder es momentáneo también. Es dejar ir algo que no es nuestro y por tanto no aferrarse. Es no lograr un cometido, pero si el Señor lo permite, habrá oportunidad más adelante. Es no contar con la situación esperada, sin embargo, da una potencia en reflexión, análisis y humildad. No es malo perder, malo es no saber perder y por tanto, actuar inapropiadamente.
Que la sabiduría, la gracia, la paz y la inteligencia de nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en aquellos que lo necesitan, amén.

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