Editorial 637: El odio es la muerte del humano
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Amados lectores y hermanos, que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén.
Queridos hermanos nuestros en Cristo Jesús, Señor nuestro: Sabemos que el Amor de Dios da vida y lo es todo, es la sustancia que da sentido a la existencia de todo lo que lo contenga. Escritura hay mucha que lo avala y damos gracias al Padre en el nombre del Señor Jesucristo seamos depositarios de tal materia espiritual en poca cantidad que crece paulatinamente.
Pero ahora, veamos a la luz del evangelio el contraste: el odio. El odio es la muerte y no tan sólo porque es la antítesis del amor, sino porque el odio llena el espacio que debería ocupar el amor y previene la manifestación de la vida: es decir, la muerte. Hermanos amados: muchos pensamos que la muerte es el lago de azufre eterno en el futuro para el diablo y sus ángeles y todos los que le siguieron, es cierto. También otros manifiestan que es el instante efímero en que una materia física es privada del hálito de vida y a partir de ahí comienza el proceso de corrupción. También es cierto.
Pero la muerte también se manifiesta y no es pudrirse, sino más bien no tener sentido de pertenencia, existencia y convivencia a pesar de que se respira. Es bajo este enfoque que la muerte produce más muerte, así como convivir con cadáveres o bien, seguir los consejos del malo.
El odio es la causa de que muchas muertes ocurran en el mundo. No solo biológicas, sino también psicológicas y de trato. El rechazo, el echar fuera, el correr o despedir injustificadamente y con ira, mediante humillación, es una clara manifestación de que ese ser que odia, está muriendo o muere. ¿Cuándo se manifiesta la muerte? Cuando deja de amar, cuando se desnaturaliza y cuando persona o sociedad le significan algo por eliminar, desde el recuerdo o compasión hasta el deseo expreso de privar de la vida. Estas personas son ciegas, sordas y mudas ante la razón, la verdad y la conciencia.
Desear el mal con todo el corazón, cuando desechan a alguien, ahuyenta a sus némesis con amenazas o agresiones, cuando se estorba en el desarrollo del prójimo en todos los sentidos (sutil o directamente), cuando se profieren palabras, estatutos, promesas, afirmaciones o declaratorias en contra de ese ser repudiado, o bien cuando impide el flujo del amor a una persona o sociedad son serias señales que tenemos que estar muy alertas.
La maldad habrá de aumentar y empeorar, según está escrito, pero es deber de la iglesia enseñar a todos: grandes y chicos, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, pobres y ricos, enfermos y sanos, gozosos o tristes, enojados o cansados a NUNCA DAR PIE a que el odio, una semilla muy discreta halle buena tierra, porque a final, cizaña como es, resulta difícil extirpar, implica una lucha espiritual poderosa de parte de quien cae víctima de eso.
Y todo inicia con el origen: En Ezequiel, cuando se narra la caída del otro Lucero, se manifiesta ese deseo de ser como Dios, principio de toda maldad. Sí, hay implícitas envidia y soberbia, pero el odio de saber que Alguien ocupa ese único lugar reservado solo para el Yo Soy, Quien creó a todos, incluso al que le odia.
Al ser desechado, se le condenó a dejar de ser, para siempre, y eso es lo que el odio provoca: deja de ser esa persona para todos los que la sufren. Le desconozcan y se alejan, le prohíben comunión y este odiador se queda solo.
También el Señor Jesús, durante su ministerio nos dio enseñanza del odio cuando expresó que de toda cosa guardada, guardemos el corazón. El corazón es el campo fértil donde el odio puede crecer si se le deja estar. También nos dijo que no debemos aborrecer al hermano, porque eso ya es grave espiritualmente hablando.
Pero el hombre común no obedece ni sabe, mucho menos le importan estas cosas. Prefieren tontamente ser esclavos de sus palabras, reos de su insensata fluidez de muerte espiritual y responsables de sus dichos, hechos y pensamientos funestos.
Amados hermanos, alejémonos del odio, apartémonos de quienes odian y no busquemos provocarlos, porque ya están muertos y con los muertos no se razona ni se convive. Es por eso que la oscuridad y la luz no coexisten: es una u otra, pero no las dos simultáneamente.
Que la sabiduría, la gracia, la paz y la inteligencia de nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en aquellos que lo necesitan, amén.

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