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Editorial 645: Pruebas de paciencia

Foto del escritor: Cuerpo Editorial
Cuerpo Editorial
hace 5 horas
4 min de lectura

Amados lectores y hermanos: que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén. 

Para todas las personas, creyentes o no creyentes, se tienen pruebas diversas, en diferentes niveles de intensidad y con distintos propósitos. Para cada prueba se evalúa cierta habilidad, criterio, inteligencia, valor, conducta, actitud o poder de visión.

Quienes vivimos bajo el amparo de la gracia del Espíritu Santo tras confesar previamente a Jesucristo como nuestro Señor, Salvador y Maestro, y creer de todo corazón que Él es el Hijo del Dios Altísimo estas pruebas tienen un verdadero significado de pureza, perfección y aprendizaje de lealtad y fortaleza.

El mundo y los falsos expertos tienen muchas teorías, enseñanzas, consuelos y modos de desquite para tratar de justificar sus desgracias que pareciera no tener fin. En lugar de ver la misericordia mayor de Dios que Su justicia ven cosas inexistentes.

Algunas pruebas son la de fe, la de amor, la de poder, la de conocimiento, entre otras más. Hoy se meditará en la prueba de paciencia, que también, como ahora en muchas corrientes “novedosas” se tiene de la interdisciplina en funciones y pensamiento. Nuestro Señor diseñó un evangelio junto con el Padre, donde todos los valores espirituales se entrelazan siglos antes que ahora, el hombre “se da cuenta” de esto.

La misma naturaleza enseña esta interrelación de factores y ahora la paciencia se relaciona con otras pruebas.

Pues bien, la prueba de paciencia consiste en no perder los estribos cuando el entorno es malo, negativo, austero, contrario y difuso. Tanto en lo secular como en lo espiritual, los nacidos bajo el sello espiritual de Cristo tenemos que cubrir y proteger a toda costa el hermoso cofre que tiene la paz de Cristo, tesoro invaluable que dota de fulgor al alma que la contiene. Entonces, el ladrón y destructor busca robarse esa paz para que, al perder el lustro, el alma se oxide y comience la seguidilla de impropiedades que el hombre natural comete y la carne débil manifiesta: amargura, molestia, ira, contienda, estulticia, soberbia, frustración, agresividad, impotencia, palabras ociosas, solo por contar algunos puntos aborrecibles.

De esta manera, se ponen dificultades a la mente, dardos de sentimientos fuertes como torrente destructor, se hace martillar la conciencia, el alma es sometida a diferentes niveles de presión y la fortaleza es medida contra esfuerzos extra y no considerados en no poca magnitud. Esto en el plano físico es lo que hace que el cuerpo sienta debilidad, pánico y rechazo.

Sin embargo, el Espíritu provee mecanismos de autodefensa eficaces como la oración, el sellado de la boca, la bendición y alabanza en lugar de discursos vacuos y mundanos, el apartamiento de la fuente de prueba con inteligencia y mesura, la meditación en el Padre y el control de la vista para no ver lo que es agente de desasosiego. Usar la mente de Cristo y no la mente humana. Sobre todo, el dominio propio, ser dueños del silencio y no esclavos de las palabras insensatas que salen al calor de un sentimiento fugaz.

La paciencia es un talento, amados hermanos, el cual goza de muy buena reputación, olor y textura en el reino de los cielos. El tiempo es el factor que debe desaparecer cuando se busca perfeccionar la paciencia. Porque no es el tiempo que pasa en que algo malo dura cuando acontece o lo bueno que pareciera lo que importa: son el amor, la fe y la confianza que todo llega en el instante para el que fue hecho.

No olvidemos que el tiempo lo podemos medir, pero no podemos terminar de descifrarlo y mucho menos domar. Sí, la ciencia tiene parte y suerte en esto, pero el Espíritu trasciende al tiempo y lo domina. Bajo los cielos, el tiempo es amo y señor de todo, incluso, se sabe que cada vida tiene una magnitud de este imposible de rebasar; empero, ante el Cordero y el Creador Padre nuestro, fenece y deja de tener esencia, sustancia y presencia.

Entonces, aquel que tiene paciencia es ese quien deja de darle excesivo valor al tiempo, es decir, ya no mide su fe en esa escala humana; lo hace en función de la oración, de la espera y del amor que implica la razón divina que todo llega en su instante exacto.

¿Necesitamos realmente cifras? ¿Las cantidades dan valor agregado al desarrollo espiritual? ¿Podremos contener en una representación simbólica algorítmica a Aquel que es Espíritu sin medida ni forma cerrada? ¿Alguien tiene la potestad de cuantificar o precisar cuánto tiene que ser el valor de algo ante el Dios Vivo? ¿Quién podrá supervisarle, exigirle, contarle “la demora”?

La paciencia no se mide en tiempo: se mide en fe, amor, esperanza y confianza. Esas son las verdaderas escalas de todo. Es el sistema de medición espiritual correcto de cuantificar este talento espiritual, y quien después de leer esto, siga pensando o diciendo que el tiempo es la unidad, que siga esperando, a ver si le alcanza la vida a ver su error. El tiempo seguirá corriendo en su contra, pues su mente sigue dormida o peor aún, extraviada.

Que la sabiduría, el amor, la gracia, la paz y la inteligencia de nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en aquellos que lo necesitan, amén.

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