Editorial 646 - Pruebas de fe

Amados lectores y hermanos: que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén.
Saludamos a nuestros amados lectores que nos acompañan virtualmente en la lectura de estos textos, por los cuales siempre oramos para que sean por el Espíritu Santo inspirados. En el amor de nuestro Señor Jesucristo procuramos servirles dando de gracia lo que nos es dado de gracia.
En el número anterior se dio preludio de diferentes tipos de pruebas que los hijos de Dios tenemos para ser perfeccionados en el Camino. Y esto es para crecer y ser hallados como el varón perfecto que Dios quiere en nosotros, así como el apóstol Pablo escribió.
Amados, las pruebas de fe son aquellas en las que el creyente debe sopesar el tipo calidad y cantidad de confianza que tiene en Dios en los momentos de más apremio que enfrente en su vida. En los momentos de gozo, paz, salud, victoria y fortaleza es muy sencillo confiar en Dios, esperar en Él, clamar.
Pero cuando la propia debilidad humana asoma, el enemigo plantea estratagemas en apariencia insalvables o el mundo con sus seducciones y tentaciones provoca a la carne, es cuando la fe muestra su verdadero fulgor o, por el contrario, su poco brillo. Nuestro amado Señor Jesucristo afirmó que en el mundo recibiremos aflicción y que él traería espada y división (en otros blogs ya se habló de esto en el contexto profundo de cada tema), pero no solamente en sí mismo, sino por causa de la fe.
¿Por causa de la fe? ¡Sí, claro! La fe puesta en Jesucristo como único mediador entre Dios y los hombres es lo que causa lo anterior -que constituye pues, la prueba- pues la fe actúa como el tesoro invaluable, la moneda verdadera con la que se compra el oro refinado que Cristo dice a su iglesia de Laodicea (en estos tiempos ya hay más congregaciones en este espíritu). En cambio, la fe puesta en otra cosa o persona que no sea Jesucristo equivale a poseer un billete falso y pretender hacer fraude.
Entonces, la fe es el grado de confianza que se tiene en el Padre y en el Señor Jesucristo sin necesitar de garantías o promesas para sentirse favorecidos. No es fácil para muchos y no se escribe esto con indulgencia, sino con firmeza, puesto que Dios no es hombre que mienta ni como hijo de hombre que se arrepienta. ¿Se confía en lo que se ve, sabiendo que es perecedero, naturaleza caída y mortal? ¿Se desconfía de lo espiritual, lo nacido del cielo, lo que es eterno y no tiene medida ni forma?
¿Cuándo el Padre ha dejado a alguien abandonado o solo? ¿Cuándo o en qué momento deja de atender? ¿Cómo es que alguien puede decir que el Señor no cumple sus promesas? Si no habla o atiende ¿es porque se le exige con vehemencia, con entusiasmo grosero, con la vesícula biliar, pero no con el corazón, la fe y la mente?
Sí, muchos alzan su voz, gritan, reclaman, exigen y emplazan ¿pero quién de esos atiende con gusto cuando se lo hacen a ellos? Si no es con fe, no importa el circo, el espectáculo o el montaje. NO habrá respuesta. Cuando se necesita en demasía, entra el dominio propio para evitar que la carne termine blasfemando a Dios al pedir por clemencia o auxilio. Y esto es lo difícil, “¿Qué? ¿Y todavía que estoy en angustia tengo que portarme bien? O sea, ¿cómo voy a estar tranquilo si tengo el agua hasta el cuello?”
Nuestro hermano Pedro demostró que esto era verdad cuando por su propio impulso le dijo a Jesús que lo dejase andar sobre las aguas como él. Y mientras estuvo obediente, confiado, fiel y propio en su andar, le fue dado. Tan pronto volteó y perdió esa conexión, todo se perdió con el desenlace que ya sabemos.
Es exactamente lo mismo en cualquier vida que diga conocer, amar y confiar en Cristo Jesús, Señor nuestro. Todos somos ese Pedro impulsivo que quiere hacer todo, avanzarle centímetros al kilómetro, pero no contamos la fe de la cual disponemos. Si tenemos lo que se requiere, en la tormenta no sufriremos daño y llegaremos a Cristo, quien está de pie sobre las aguas. La tormenta solo sería un factor de prueba y la fe se perfecciona. Pero si no se tiene fe, se da la caída y vuelve a empezar. Entonces ahora, la tormenta causa el destrozo anímico en el creyente, pero también se escribió aquel texto que dice que si el justo cae siete veces, siete veces será levantado.
¿Y esto qué quiere decir? Que no siempre se pasarán las pruebas de fe a la primera, pues hay que trabajar esas imperfecciones que provocan la debilidad manifiesta y es cuestión de voluntad y tiempo que se superen.
Y ahora entendemos por qué no debemos andar gritando, reclamando, exigiendo de manera soez al Padre por las pruebas. Es como ir a la escuela y llorar porque recibiremos esos cuestionarios cuestionables por su existencia. Se requieren para saber el grado de aptitud de recibir sabiduría más compleja en el siguiente nivel y así sucesivamente hasta que se gradúen de los estudios formales.
Y pensamos por el Espíritu que se entendió el punto al que se quería llegar con esta analogía.
Que la sabiduría, el amor, la gracia, la paz y la inteligencia de nuestro Señor Jesucristo sobreabunde en aquellos que lo necesitan, amén.

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