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Editorial 650: Razas, etnias y tonos

Foto del escritor: Cuerpo Editorial
Cuerpo Editorial
hace 23 horas
4 min de lectura

Amados lectores y hermanos: que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén.

De acuerdo con los cánones del mundo, en algunas regiones se celebra el “descubrimiento” del continente americano, a manos de un marinero europeo hace varios siglos. Este acontecimiento ha generado mucho debate sobre la interpretación que debería tener, pues unos asienten que los humanos que vivían aquí fueron “civilizados” por los navegantes y otros sostienen que más que descubrir y civilizar, fueron poseedores y tomadores de tierras para su propio beneficio, no importando la vida de los autóctonos.

Sin embargo, nuestro motivo de tocar el tema es recordar que el hombre tiene potestad de hacer lo que le plazca, bueno o malo, aunque Dios estima y prefiere que solo se orientara a hacer lo bueno. Sobre todo, prefiere que se invoque y reconozca a nuestro Señor Jesucristo como el Salvador suficiente de toda alma que le confiese de labios y con todo el corazón, alma y mente, sin importar, raza, etnia o tono de piel.

Para el Señor somos iguales todos en el sentido que tenemos la misma oportunidad de ser salvos. Si el hombre hace acepción de personas, es por maldad del propio hombre, el odio y el amor y no por mandato de Dios. En estos tiempos, amados hermanos, vemos que el clasicismo y la discriminación se ve también dentro de las iglesias. En unas naciones se nota más que otras, siendo que el mismo apóstol Pablo por el Espíritu Santo exhortó a que no hay más esclavo ni libre, no hay más judío o griego, no hay más hebreo y gentil sino que todo aspiremos a una sola fe, un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Dios y Padre de todos y un solo Salvador, pareciera que el fenotipo, la genética y la morfología determinan quienes son creyentes de primera, quienes los de segunda y quienes ni siquiera deberían ser considerados como creyentes.

También, nuestro amado hermano Pedro aprendió su lección cuando por el Espíritu se le instruyó que lo que Dios preparó y limpió, no lo llamase él como sucio e impuro. Y eso por el dogma judaico arraigado en su mente, que todavía no asimilaba y hoy en día tenemos muchos hermanos en esta misma situación. Aquí, están los nicolaítas y los judaizantes que desprecian a los verdaderos elementos de la fe y adoran a los que son mutiladores del cuerpo como ellos.

Amados: no andamos por vista. La fe no precisa visa, el amor no implica nación, la esperanza no tiene un origen genético específico, sino que son tres testimonios del cielo que actúan en la Tierra y tiene potestad sobre el mundo.

Hijos espirituales de Dios: no somos ministerio de migración: no tenemos credenciales de dar aceptación o rechazo a cualquier alma que busca a nuestro Señor Jesucristo y tampoco tenemos poder de evaluar el nivel de melanina para decir: éste sí; éste no. Lo de que las etnias deben reunirse entre ellas -por cuestiones culturales, de idioma y académicas- puede darse por cierto y válido en el mundo, entre nosotros no funciona así. ¿Acaso no hay un Espíritu Santo, una mente de Cristo que nos permita meditar en el Señor de estos asuntos y actuar como espirituales y no como mundanos? ¿Se necesita copiar y pegar lo que el mundo hace por tradición y no pedir inspiración a los cielos mediante oración, ruego y súplica?

O entonces, díganme ¿exactamente, por cuántos y por quiénes murió Cristo? ¿Hay algún censo, cuota o límite? ¿Su sangre, quizá no tendrá poder sobre ciertos pueblos, idiomas o regiones geográficas? ¿Quién de ustedes, los que fustigan y mencionan y con seguridad sostienen dividir las congregaciones por colores?

Se extiende la pregunta ¿no sería en todo caso, “separar” por estatura espiritual, poder del Espíritu, milagros hechos, almas salvadas y esto también es pecado, porque rompe con el espíritu de unión que el propio Señor Jesucristo profetizó cuando instauró su iglesia en su nombre? Es decir, no hay criterio alguno, sobre el cual debamos partir iglesias. Ahora bien, si Dios en el número bendice y agrega muchos salvos, el cuerpo de obispos, ancianos, y pastores deciden que cada quien se reúna en su localía en sus casas y desde ahí se ejerza el reino y se visiten unos a otros.

No es correcto delante del Señor viajar de cabo a rabo cuando se tienen congregaciones cerca de casa. No se pueden buscar a las congregaciones como clubes de convivencia social, cercanía económica o perfil racial semejante donde la vanidad y la soberbia se pavoneen y se critique a otros que sean “menores” en categoría, estirpe o influencia.

Si a quienes deben rechazarse: lobos vestidos de oveja, infiltrados, falsos obreros, falsos apóstoles, falsos maestros, apóstatas y lisonjeros hipócritas muertos para Dios, se les abren las puertas de par en par casi gritando: “¡Bienvenidos a la casa del Señor!” y a los pobres, viudas, enfermos, perseguidos, inmigrantes, huérfanos y sin techo, se les rechaza diciendo: “que Dios los bendiga, sigan adelante”, entonces ¿dónde están puestos la fe y el amor?

“A los hermanos de 1,000 y diez mil” se bendicen y a “los hermanos de 50, 100 o 200” se les exhibe como tacaños. A los hermanos de ciertas facciones no se les cuestiona y a otros con cierta fisonomía se les pone la lupa, microscopio e interrogatorios cuasi policíacos.

No es de celebrarse, que ya teniendo cada vez más cerca la venida del Señor a casi 1,970 años después de las cartas escritas por el apóstol Pablo vuelva a caerse en el mismo error y ahora, con más dolor y crueldad que antes.

No caigan en ese pecado. Para Dios, en todo caso solo hay dos razas: los salvos y quienes todavía no lo son. Vayamos pues por estos segundos sin importar quiénes son: con que crean en Jesucristo sinceramente, es lo único que nos importa.

Que el amor, la gracia y la paz del Señor Jesucristo sea en todos ustedes amados hermanos, amén.

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