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Editorial 652: Obediencia versus sumisión versus esclavitud

Foto del escritor: Cuerpo Editorial
Cuerpo Editorial
hace 6 horas
4 min de lectura

Amados lectores y hermanos: que el amor, la gracia y la sabiduría de lo Alto, dadas por Jesucristo estén en su espíritu completamente, amén. 

En el mundo hay muchos términos que invaden los acervos lingüísticos de todo el orbe. Tales acervos tienen como principal sustento de formación la mejora de la descripción de objetos, seres y materia y de esta manera poseer una precisión mayor en lo que se quiere decir. También implica una evolución de la misma, donde cada generación da su aporte en la nomenclatura de cosas y casos, con el debido aumento de palabras, para también el desuso y desaparición de vocablos.

Otro fenómeno es la sinonimia, que entre otros modos de tipología de palabras que no se verán, es un recurso muy socorrido para tener dos o tres vocablos para describir si no el mismo concepto, algo muy parecido, de acuerdo con la región, idioma y riqueza del acervo de la palabra seleccionada.

La ventaja de la sinonimia es que nos permite entender una idea u objeto mejor que con la palabra original con la que nos referimos en primera instancia. Un ejemplo es la palabra “trabajo”, vocablo usado en la mayoría de los países hispanohablantes y “laburo”, palabra específica de la Argentina. Otra palabra puede ser “empleo”. Se escriben diferente, pero atienden al mismo concepto: el esfuerzo legal que devenga un salario, o bien, la energía consumida en realizar una acción específica que implica un movimiento.

Pero también, una desventaja sutil es que la sinonimia puede también ser sobreextendida y figurar como asociación de etimologías que no necesariamente son parecidas, semejantes o que comparten el mismo concepto. Por ejemplo, despido o renuncia, donde a primera instancia puede ser “lo mismo”: dejar de trabajar; pero, después de analizar no es la misma manera de dejar de trabajar. La primera palabra es que alguien obliga a que otra persona deje de trabajar; mientras que, en la segunda, es la propia persona quien decide dejar de trabajar. 

Entonces, la riqueza de palabras también implica confusión repentina, sobre cuál vocablo define mejor el concepto o la idea específica y cuál mejor no se menciona porque ello llevaría a una posible malinterpretación.

En este tenor es que hacemos mención de procurar tener los ojos y mente de nuestro Señor Jesucristo para leer el nuevo pacto inspirados por el Espíritu Santo, ya que solamente así, ciertas palabras clave en los versículos no pueden ser malentendidos y, por tanto, llevar a enseñanzas basadas en conclusiones erróneas. 

Por ejemplo, muchos necios sostienen que creer en Dios lleva a ser sumisos o esclavos de alguien que no existe, de un fantasma, de una idea preconcebida, de una religión engañabobos. Creer en Dios lleva a perder la cordura, la libertad y la razón. Más estos pseudoargumentos son patrañas inspiradas por el diablo ante estos rebeldes y contumaces, debido a que su estulto autoengaño los hace creer tales falacias.

La escritura habla de ser obedientes al Señor, creer en Jesucristo y ser fieles a su palabra para alcanzar la gracia eterna, lejos de pensamientos vanos de hombres soberbios e ignorantes. Desde el principio, cuando Dios tomó para Sí un pueblo, era para ser testimonio de Su misericordia para los demás reinos y naciones de la Tierra.

La obediencia no es ni significa la pérdida de la personalidad, del libre pensamiento ni de la autonomía: significa la unión de un alma con el Espíritu de Quien Vive por siempre. Esta unión es la cohesión de los sentidos, de la forma de ver y entender todo. Obedecer es seguir un patrón dado con la inteligencia que es bueno, con la conciencia de que es lo correcto y con el juicio de que se practican el amor y la fidelidad.

Ser obediente no es dejar de pensar; ser obediente es aprender a reinar. Cuando decimos “obedecer a Cristo” es renunciar a obedecer al mundo. Por esto el mundo no sigue a Cristo porque requiere que el mundo deje de ser y esto no puede pasar, pues son némesis. Y por esto el mundo tergiversa la afirmación de que Jesucristo es “religión”. Dios es “locura” y su palabra “palabras sin sentido”.

Pero el mundo no busca solamente obediencia. Además, exige sumisión. Es decir, entregar por completo la mente, el corazón y el cuerpo a lo que el sistema dice. ¿A cambio de qué? De una zanahoria que el burro jamás alcanzará por más que se empeñe en alcanzarla. Jesucristo no exige sumisión: transforma lo viejo en nuevo. Quita lo malo y lo cambia por bueno. Quita la inmundicia y la sustituye por santidad. Elimina lo pecaminoso y lo restituye por perfección. Pide confianza y fe en lo material, y recompensa al 4 por 1 en lo eterno.

Y el mundo ama a los esclavos, personas sin identidad, sin figura mental y sin estatura de conciencia, de nivel animal, para pecar, prostituirse y ser consumidos por el mal. Los hace y deshace a su gusto y estos ni se inmutan. Viendo estas víctimas miserables no ven, y oyendo, las almas desdichadas no oyen, solo caminan siendo ciegos al extravío.

Y nuestro amado Señor Jesucristo nos libera: nos hace amigos suyos, hermanos, hermanas y madres. Si le decimos Señor es porque es nuestro Señor: le pertenecemos, pero somos conscientes totalmente de ello. No somos impedidos de tener los cabales, el corazón y el alma dispuestos a él por voluntad propia, pues el Señor no fuerza a nadie: es una labor de convencimiento, convicción y como ya dijimos, lealtad amorosa.

Claro, unos en amor se constituyen siervos del Señor Jesús porque saben y esperan que en la siguiente vida tendrán los mejores privilegios eternos, a su lado, siendo reconocidos por su valor de no aceptar caer en los artilugios vanidosos de Cristo.

El hombre y el mundo hacen lo que sea por torcer la verdad; pretenden hacer creer que Jesús esclaviza y somete, cuando en realidad son estos, a través del pecado y la falta de fe.

Por tanto, amados nuestros, sintamos pleno orgullo de ser hallados obedientes al mensaje salvador de Jesucristo. No dejemos, en consecuencia, seamos esclavizados o sumisos a corrientes de pensamiento del mundo, puesto que de aquí surgen el fanatismo y la religiosidad, prisiones y condiciones miserables. Todo lo que emana del mundo es aborrecible y anatema.

Que el amor, la gracia y la paz del Señor Jesucristo sea en todos ustedes amados hermanos, amén.

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