El fin del testimonio de Juan
- Cuerpo Editorial

- 11 abr
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Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu rebosante, amén.
Amados creyentes, lectores y hermanos en Cristo Jesús, sabiduría hay en que debemos tener la boca cerrada y no hablar de más, por cualquier causa no ser sujetos de juramento ante cualquiera, porque soga dura y mortal es la lengua desmedida y pesar y congoja duraderas su flagelo por prometer cosas insensatas ante muertos, necios y astutos.
Herodes, un rey que vivió en los tiempos cuando el Señor Jesús caminó designado por los poderes políticos de Roma, idumeo y pagano, fue concedido por los cielos tuviese vida y poder en ese periodo.
Leamos lo que dice el texto en Marcos 6:14-29, para hallar contexto preciso:
14 Oyó el rey Herodes la fama de Jesús, porque su nombre se había hecho notorio; y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes. 15 Otros decían: Es Elías. Y otros decían: Es un profeta, o alguno de los profetas. 16 Al oír esto Herodes, dijo: Este es Juan, el que yo decapité, que ha resucitado de los muertos. 17 Porque el mismo Herodes había enviado y prendido a Juan, y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; pues la había tomado por mujer. 18 Porque Juan decía a Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano. 19 Pero Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía; 20 porque Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba a salvo; y oyéndole, se quedaba muy perplejo, pero le escuchaba de buena gana. 21 Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea, 22 entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. 23 Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino. 24 Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista. 25 Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. 26 Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. 27 Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. 28 El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. 29 Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro.
Debido al juicio fuerte por parte de Juan el Bautista, último gran profeta judío sobre cómo casó con la esposa de su hermano de modo ilícito, adulterando en el proceso, es que lo mandó apresar; aunque no tanto por él, sino por su amante hecha reina, Herodías, quien le instigó a que lo metiese en una mazmorra.
Esa mujer le guardó odio y rencor, porque Juan denunció esta impropiedad ante el pueblo y provocó su encarcelamiento, pero también era predestinación, pues Jesucristo ya había sido bautizado y ya estaba en funciones espirituales.
Entonces, Juan menguó y quedó preso.
Aun así queda testimonio que este rey Herodes no tenía animadversión, sino más bien temor, puesto que Juan era considerado varón justo ante el pueblo y él debía conservar su legitimidad como gobernante para no ser depuesto. Mas su mujer solo quería eliminar la fuente de su amargura y utilizó a su hija para embaucar al rey y mediante su palabra y juramento hacer morder el polvo al molesto profeta.
Mediante un baile sensual en un festejo provocó el deseo del rey y en su debilidad pasional le ofreció cualquier cosa, hasta la mitad del reino, pues agradó en sobremanera la ejecución de su baile.
Este es el punto importante de todo ser humano, sobre todo creyentes. No puede jurarse, bajo cualquier circunstancia no es propio ni sensato. Sobre todo, cuando la mente está cegada, sesgada o atraída hacia cierto sentir. Porque el juramento en todos los casos constituye una sentencia de vida para quien la proclama al no refrenar su lengua.
Por eso el Señor Jesús enseña esto, que no podemos quedar por fiadores de alguien.
El hombre no tiene poder alguno en sí mismo para poder sostener su palabra en cosas que escapan de su esfera de acción. Aunque se goce de algún tipo de poder (económico, militar, moral, religioso, político, social o de conocimiento) este le es conferido o permitido por Dios.
Es decir, no es hereditario ni tampoco la carne posee tal poder como tal. Solo la lengua y el oído de los demás. Mas Herodes, en su ignorancia declama estas palabras y la hija, por consejo de su madre, pide la muerte de un justo.
Así se procede y de un tajo Juan es uno de esos mártires por la fe que clama justicia hasta que sea por la ira de Dios vengada su muerte.
Mientras tanto, Herodes en su misma ignorancia confunde a Jesús con Juan, creyendo que ha resucitado de alguna forma. Pero Jesús, al no tener parte ni suerte con él, lo deja solo y nunca acude a contestar sus dudas. Jesucristo fue por las ovejas dispersas, heridas, llorosas y que clamaban al Padre, a eso iba: no a satisfacer la curiosidad de un rey inicuo.
Los discípulos que seguían a Juan cuentan esto a Jesús, y nuestro Señor se apartó por un poco de tiempo.
Agradable es a Jehová la muerte de sus santos, pero la carne es débil y el Señor sintió su muerte. Por el Espíritu es fortalecido y continúa su ministerio, pues hay que llegar a más almas.
Que el amor, la gracia y el poder, además de la fe en el Señor Jesucristo sea pleno en ustedes, amados hermanos, amén.

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