El poder de Cristo sana el oído y la lengua
- Cuerpo Editorial

- hace 2 días
- 3 min de lectura
Que la paz, gracia y sabiduría de nuestro Señor Jesucristo sean a todos ustedes, amados hermanos, plenos y rebosantes, de olor fragante a nuestro Padre, amén.
Les saludamos con mucho amor, amados hermanos. Marcos 7:31-37 nos vuelve a recordar, por relato del amado hermano Marcos de modo simple y directo el poder de nuestro Señor. Nada hay que él no pueda restaurar en lo tocante al sistema humano de vida, pues él mismo fue carne y sintió cómo funcionan dichos sistemas diseñados por su Padre, aunque en el caso de los demás humanos, manchados por el pecado. Leamos, pues, el texto:
31 Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea, pasando por la región de Decápolis. 32 Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano encima. 33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; 34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. 35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien. 36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. 37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar.
El Señor Jesús no hace sanaciones al azar. Hace restauraciones y misericordias para restablecer el lazo perdido entre el Padre y los humanos.
Deja pruebas en el lado físico para que no haya dudas que en el plano espiritual también tiene injerencia, dominio, poder y autoridad.
La sanación del oído y la lengua tiene su profundidad. No es multitudinaria, sino individual, exclusiva para aquellos dignos de recibirla. Primeramente, metió los dedos dentro de sus orejas, hasta alcanzar el canal auditivo. Con esto, los oídos deben primero cerrarse al mundo, ser sordos al mundo para poder oír a Dios y esto es un acto de fe. Cualquiera que no cierra sus oídos a lo que el mundo dice: la familia, la pareja, los hijos, los padres, amistades y les oye, no puede ser sano. No solamente es individual, además es privado. Solo el alma y Cristo, cenando juntos en la mesa de la casa del corazón de quien le abre para invitarlo a entrar.
Luego, la lengua es tomada. La lengua, como es ya sabido es un órgano muy importante para Dios porque cómo puede alguien dar bendición, puede otro dar maldición o maledicencia; como puede uno decir verdades, otro puede decir mentiras; como uno puede hablar otro puede callar y como uno puede hablar de la Verdad de Dios, Cristo, otro puede hablar blasfemias, abominaciones, herejías y perversidades.
La lengua es sujeta por el oído; de hecho, se dice en la voz popular que primero se oye y luego se habla.
Por eso Cristo sana de esta forma. Hay que solamente oír primero a Cristo para luego solamente hablar de Cristo. Así que, la base de la renunciación es dejar de oír cosas vanas, no escuchar más a gente fatua. Desear ser sordos y buscar ser sordos para el mundo. Luego, en silencio oír la voz de Cristo en nosotros: “Efata” que traducido es: “Sé abierto” para que el Espíritu Santo hable por nosotros de Cristo.
No existe otra forma. No se puede acelerar el proceso y el Espíritu se sujeta a los profetas. Por eso está escrito que la fe viene por el oír, porque se recibe el mensaje de vida.
La causa por las que el Señor decía que no lo divulgaran y ellos lo terminaran divulgando más y más, no era para privarlos de misericordia, sino que no era para todos, pues algunos buscaban ser sanados a cambio de nada, es decir, no confesar a Cristo y andar en inmundicias.
Empero, la gran mayoría alababa la capacidad sanadora sin límites de Jesucristo, el Hijo de Dios nacido para redención de muchos, diciendo el texto del versículo 37, un homenaje a la bondad que caracterizó al Señor hecho carne. La total competencia para hacer el bien y su gran misericordia para socorrer al afligido.
Amados ¿qué tan sordos somos para el mundo? ¿Qué tan buenos oyentes somos a las cosas de Cristo? O ¿Qué tan atento se está a oír lo que el mundo dice y qué tan sordo para oír la palabra?
Análogamente la pregunta se extiende así: ¿Qué tan sana es la lengua para hablar de Dios y no del mundo? O ¿O qué tan prontos están para hablar cosas del mundo y mudos para las cosas del evangelio?
Que la gracia, amor y paz de nuestro Señor Jesucristo sea en ustedes, amados hermanos, amén.

Comentarios