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El sembrador y las semillas que caen 

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • hace 3 días
  • 6 Min. de lectura

Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu rebosante, amén.

Hemos llegado a un momento cumbre -de hecho, todos los momentos son cumbre en el evangelio- en el cual nuestro amado Señor Jesucristo, toma su tiempo y momento para explicar cómo sucede el proceso de salvación por la predicación. Lo hace por medio de una parábola, sabiduría celestial excelsa y que todavía hasta el día de hoy muchos hermanos leen y no profundizan.

En esta ocasión solemne, permite Dios que le llegue demasiada gente y tenga que hablar desde la barca para tener total libertad de exposición de hechos espirituales.

En Marcos 4: 1-20, está escrito lo siguiente:

1 Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y se reunió alrededor de él mucha gente, tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar. 2 Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina: 3 Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; 4 y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. 5 Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. 6 Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. 7 Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. 8 Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. 9 Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga.

10 Cuando estuvo solo, los que estaban cerca de él con los doce le preguntaron sobre la parábola. 11 Y les dijo: A vosotros os es dado saber el misterio del reino de Dios; mas a los que están fuera, por parábolas todas las cosas; 12 para que viendo, vean y no perciban; y oyendo, oigan y no entiendan; para que no se conviertan, y les sean perdonados los pecados. 13 Y les dijo: ¿No sabéis esta parábola? ¿Cómo, pues, entenderéis todas las parábolas? 14 El sembrador es el que siembra la palabra. 15 Y estos son los de junto al camino: en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás, y quita la palabra que se sembró en sus corazones. 16 Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo; 17 pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración, porque cuando viene la tribulación o la persecución por causa de la palabra, luego tropiezan. 18 Estos son los que fueron sembrados entre espinos: los que oyen la palabra, 19 pero los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa. 20 Y estos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno.

Nos habla de los tipos de oyentes que hay cuando un colaborador de Dios habla de Jesucristo a sus oyentes ante los cuales es enviado. Todos oyen, todos reciben, pero no todos permanecen. A la verdad, nuestro Padre no desea que nadie perezca; sin embargo, a causa de la predestinación -esto es a quienes Él escogió de antemano y solo se llega a su momento cumbre para creer, confesar y ser salvos- y el libre albedrío -la potestad de toda alma para creer o no creer sin imposición u obligación del cielo- no todos los que oyen son convertidos.

Hemos recibido muchos comentarios y preguntas al respecto y hay un error fundamental. Que la voluntad de Dios es que hay que oír a Su Hijo amado, la verdad es que no todos quieren oír y de los que oyen, no todos permanecen, porque no son constantes ni sinceros.

El Señor Jesús describe por el Espíritu exactamente el devenir de cada tipo de oyente no como para que nos asustemos y desmotivemos, sino para que sepamos identificar a quienes caen en la buena tierra y producen lo que los que no cayeron; y así mismo evitar a quienes no producirán algo bueno del evangelio y de hecho, son estorbos espirituales.

Por ejemplo, los que caen fuera de la parcela la palabra cae en la mente, cae en el alma, cae en la parte superficial del corazón. La razonan -como si fuera un examen o concurso de lógica-, la sienten -como si fuera un narcótico o emoción nueva- y la perciben -como si fuera una experiencia novedosa, única, cool, buena onda, etcétera. Por eso dice Jesucristo que viene el diablo y se la lleva, porque solo reciben en el momento de emoción de éxtasis. Su alma y su “yo” nunca estuvieron compenetrados en creer genuinamente y solo por la tensión, la costumbre y repetir sin conciencia todo lo que se les dice.

La palabra nunca halló cobijo y el Espíritu no llegó como espada a su alma. Así que el adversario fácilmente destruye todo y así como entró, salió ese efímero júbilo.

La que cayó en los pedregales, es la situación en la que confiesan y creen, pero creen en cuestiones incorrectas, como promesas terrenales, recompensas físicas -por ejemplo, la fortuna, riqueza, poder, ciencia, amor, fama en esta Tierra- y no en los tesoros espirituales de Cristo, en los dones y en frutos del Espíritu, en la renunciación, servicio, humildad y santidad. Son los que quieren todo fácil, resuelto, a la primera y sin problema alguno. Dice el Obispo de nuestras almas que son los tales que tan pronto viene la prueba, se regresan y no tienen reparo en hacerlo. No les importa la hermandad, la fe, la unidad, la ayuda mutua. Si sus expectativas no se cumplen, reniegan y tiran todo, se van y no vuelven. Su fe y su confianza está en lo mundano, en lo físico, en lo material y en el estatus.

De quienes caen entre los espinos, son aquellos que confiesan y creen, pero son débiles. Nunca se dan tiempo de atender lo espiritual, porque lo físico es primero. Viven sin dar fruto, porque todo lo que el Espíritu da lo malgastan en afanes, en preocupaciones, en quehaceres seculares, en ser religiosos, éticos, moralistas, teóricos, no se puede hallar fruto en ellos porque sus debilidades son tales que no tienen fuerza para crecer y desarrollarse. Nunca tienen la fe en que pueden ser liberados porque siempre hay algo físico que los retiene en su estado derrotado.

Y lo que cae en buena tierra, según la profundidad del evangelio y el empeño de crecer para servir al Altísimo y al Cordero, son quienes dan fruto en cierta proporción: a treinta, a sesenta y a ciento por uno. En todas las épocas hay creyentes en estas proporciones y es una constante que trabajar para el Señor involucra diferentes estados y dificultades.

Luego aquí, los discípulos, una vez despedida la gente, solicitan explicación de la parábola. Ellos no tenían el Espíritu Santo, pero el Señor esperaba que al menos en las cuestiones prácticas del sentido común comprendiesen algo. No fue así y no es que el Señor les recriminase algo, ¡no! sino fue para que ellos luego vieran que sin el Espíritu Santo no tendrían acceso a esta verdad, pues por eso recita el versículo sello que; viendo no perciban, oigan y no entiendan, pues no se conviertan y sean sanados por ello.

¿Luego el Señor no quiere que sean salvos? ¡No! Sino que deben esforzarse y desear en su corazón, en su alma y en su mente para que el lazo, una vez forjado NUNCA SE ROMPA.

Si en los anteriores casos se rompió, fue porque no tuvo sinceridad ni compromiso, solo conveniencia, hipocresía, perfidia e interés deshonesto.

Por esta razón es que les vuelve a preguntar -no a ellos, sino a todos los que habrán de oír- de cómo van a entender las parábolas.

Para ser salvos, hay que desear y querer serlo. Hay que incluso, luchar contra toda adversidad. Tiene que salir de toda nuestra voluntad querer tener la valentía de creer y dejar todo por aferrarse a esta realidad de ser salvos, aunque físicamente no se vea de manera inmediata.

Cristo en su palabra debe hallar tierra fértil en cada corazón que previamente oyó, porque no hay tiempo qué perder. Esta parábola nos enseña que no todos los que oyen son salvos y por tanto, no afligirnos, pues solo somos enviados y nuestra función se remite en dar testimonio, predicar, evangelizar o simplemente hacer una buena obra por el Espíritu.

Recordemos que la misión es predicar el evangelio a toda criatura y que de esas criaturas unas son salvas, otras arrebatan el reino y el resto solo recibe la palabra para que luego no digan que no se les habló mientras estaban con vida.

¡Gocémonos hermanos! Porque quienes genuinamente serán salvos ¡son nuestra familia espiritual que viene al reencuentro con nuestro Padre!

¡Alegrémonos! Porque predicando el evangelio a toda criatura es la única forma de alcanzar el número de los redimidos y esa es la llave para que nuestro Señor ¡venga por nosotros!

Que la paz, gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo sea en todos ustedes amados lectores, amén.

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