Extiende tu mano: el poder de la obediencia
- Cuerpo Editorial

- 27 dic 2025
- 5 Min. de lectura
Amados hermanos nuestros: que la paz, gracia y amor del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu, amén.
En este blog, desde hace ya 14 años se ha escrito y meditado en demasía sobre la obediencia y el poder que esta tiene en la vida del hombre para con Dios y nuestro Señor Jesucristo. Todo esto por la gracia y revelación por el Espíritu Santo a todos los colaboradores quienes han apoyado en esta obra que tiene como propósito obedecer precisamente uno de los muchos mandatos de nuestro Señor Jesucristo.
Nos remitiremos en leer el pasaje ilustrativo de esta enseñanza encontrado en Marcos 3:1-6 que dice:
Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. 2 Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle. 3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. 4 Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. 5 Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. 6 Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle.
Ahora, por permisión del Espíritu Santo en nosotros, comentaré sobre varios puntos importantes en este pasaje. Se supone que Jesús entró a un lugar donde se leería la palabra de Dios y era un lugar donde habría gozo y comunión con el Altísimo para adorarle.
Pero no, entró a un lugar de contienda e hipocresía manifiestos – ojo aquí, si en las congregaciones se hayan estas actitudes, es que Cristo NO REINA EN ESE LUGAR. Medidas muy fuertes y duras tendrán que suceder, si no quiere toda esa grey caer en desdicha y derrota-.
Entonces, los fariseos, ya en este punto comenzando a estar hartos de la manera en que Jesús predicaba, no apegado o dependiente a ellos sino libre y poderoso, seguro y sabio, fuerte espiritualmente, notaron que un hombre con una de sus manos seca, atendiendo el rito en obediencia al mandamiento de aquel entonces, halló gracia de parte de Dios para ser sanado. No tendría nada de malo, si no fuera porque era sábado y en su repertorio de mandamientos humanos hacer el bien vía sanidad fuese pecado y falta grave.
El Señor Jesús, viendo esto, pidió al sujeto que se pusiese en medio y este obedeció sin chistar y sin prejuicios. Solo oyó la palabra y la aceptó. El hombre, lo único que tuvo que hacer era moverse conforme a la voz de Jesús. ¿Y no se supone que tenemos que hacer precisamente esto sin necesidad de tener la mano seca, hablando en sentido figurado? Entonces ¿Por qué tanta rebeldía de atender los mandatos de nuestro Señor Jesucristo? ¿Por qué poner excusas, pretextos, negaciones y justificaciones para no moverse en el estricto sentido que nuestro Señor Jesús pide?
Las instrucciones, como podemos leer, son tan simples como sencillas.
¿Se imaginan a ese hombre diciendo: “¿Pero por qué yo?”, “Que vaya otro”, “No quiero, tengo miedo”, “¿Para qué?”, “¿Es en serio, Señor?” o “No”.
Y, sin embargo, así en la iglesia se desatiende esto tan simple. ¿Quieren descubrir los confines del conocimiento, el futuro, el arrebatamiento, el día y la hora de su venida, el juicio a las naciones, juzgar y condenar sin pudor y no atender un simple: “Sígueme”, “niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, “Creed en mí”, “Orad por vuestros enemigos”, “al que te pida, dale y si toma de ti algo no se lo rehúses”, y un largo etcétera?
Ese hombre, lo único que tuvo que hacer fue seguir dos instrucciones: nada más. No importó su origen, nombre, estado civil, patria, conocimiento, ni siquiera mucha fe. Solamente la disposición en su corazón de no negarse a realizar una acción tan cotidiana, fácil de hacer. En realidad, lo que nos pide el Señor Jesús que hagamos es muy fácil, pero lo complicado es que la carne se resiste y esa es la lucha, precisamente. Pero, si es muy difícil, es porque la carne tiene mucho terreno en el poder de decisión del creyente.
Así que, cada quién estímese digno de inquirir en su conciencia qué tan obediente es en los asuntos del Señor, porque los frutos de la obediencia son la gracia y la virtud.
Continuando con el análisis espiritual, ahora Jesús, conociendo el corazón de estos fariseos, pone al hombre enfrente para desvelar su maldad y religiosidad. Les pregunta de manera frontal y pública sobre si el bien o el mal, la vida o muerte son circunstancias de cuestión. Si la vida o el bien de alguien están por encima o debajo de cualquier ley es la astuta pregunta.
Ellos callaron.
¿Por qué?
Porque sabían la respuesta. No la dijeron, para no darle la razón y quedar ellos como malvados torcedores de la ley. Obviamente la vida y el bien del prójimo priman sobre cualquier legislación: de los hombres y por supuesto, de la ley que Dios impuso a su pueblo. De nueva cuenta, la misericordia sale a relucir como bastión de criterio a sopesar entre la justicia y esta. Si el mismo Dios prefiere la misericordia a la justicia, también el hombre debería decantarse por la primera.
Pero no, los hombres y los religiosos aman la justicia, su justicia, la falsa justicia, esa que condena a multitudes por pensar diferente y tantas calamidades ha causado a lo largo de la historia.
A cuenta de eso nuestro Señor Jesús los mira con enojo, porque son necios amantes de la muerte y el mal; y con tristeza, porque la dureza de sus corazones los hace perderse a ellos y tantas víctimas innecesarias. El Señor Jesús tiene que dejarlos ser, porque es elección de cada alma y solo se remite a dar el testimonio para esta ocasión. Pide al hombre obedecerlo por segunda vez. Esta instrucción es igual de sencilla que la primera. Este hombre lo hace y al instante su mano recobra vigor, movimiento, fuerza y vida.
¡Bendito sea nuestro Señor Jesucristo!
Porque con tan solo obedecerle un poco da mucho y en abundancia. Y de paso, nos enseña a ser como Dios: a Su imagen y conforme a Su semejanza espiritual: amantes del bien y de lo bueno, de lo que da vida y salud, a disfrutar de la gracia y la misericordia, amor y reconciliación.
Pero al terminar esta reunión, tanto los fariseos como los herodianos resuelven destruirle porque no podían resistirle. Sus malas obras quedaron una vez más exhibidas, su mala entraña quedó revelada y el pueblo habló una mejor manera de acercarse a Dios y no a través de los engaños de estos ministros querellosos y malévolos. El mal no prevalece contra el bien la oscuridad no existe en la luz y lo pecaminoso no tiene sustento entre lo santo.
En este pequeño pasaje se observan dos lecciones muy importantes: el beneficio de la obediencia fiel y su poder en el Hombre y la misericordia más poderosa que la justicia.
Amados; seamos imitadores de Cristo Jesús, nuestro Salvador y Maestro. Sólo él nos puede llevar a la perfección en la manera en que Dios la ve.
Que la paz, gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo sea en todos ustedes amados lectores, amén.

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