Jesucristo es fuente de paz
- Cuerpo Editorial

- hace 1 día
- 4 Min. de lectura
Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu rebosante, amén.
En este bello pasaje, amados hermanos, lo que se revela es que nuestro Señor Jesucristo es la fuente de paz en nuestra alma. Cuando rebozamos de comunión espiritual, nada nos altera, remueve o conmueve, pues estamos protegidos y cuidado por el Padre, Quien nos ama y le adoramos cuando oramos a Él en todo momento y procuramos guardar nuestro testimonio ante la nube de testigos que nos rodea.
Es muy fácil llevarlo a cabo, siempre y cuando tengamos una cierta estatura espiritual y nuestra mente, corazón y alma no estén sucios o contaminados de pasiones, afanes o debilidades.
Leamos el evangelio de Marcos, inspirado por el Espíritu, en su fragmento Marcos 4:35-41, que dice:
35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado. 36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. 37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. 38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? 39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. 40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? 41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?
El Señor Jesús, aun en su tiempo personal, buscó dar testimonio de que la vida espiritual de agradar a Dios no tiene horario, no tiene tiempo y no conoce límites. En todo momento somos observados y estamos aptos para seguir los pasos del Maestro bueno, incluso mientras se duerme.
Nuestro Señor da la orden de ir al otro lado del mar en la barca, cuando atardecía, para obtener reposo de la multitud, además de enseñar una gran señal a sus discípulos. Recordemos que no todas las enseñanzas son para el pueblo, también hay riquezas selectas para sus elegidos.
Dicho y hecho, se embarcan a obedecer y la Escritura señala que había otras barcas ahí en la costa que quedaron atrás. Mientras se acercaban al centro del cuerpo de agua, se gesta una intempestiva tormenta que pone a pruebas las habilidades de los pescadores.
Sin embargo, rebasa con creces sus capacidades e inteligencias y son presas del pánico. Mientras tanto, Jesús aprovechó para dormir su siesta reparadora, pero también esperaba que le fueran a llamar. Es entonces donde le mueven y despiertan asustados, pues el navío pesquero amenaza con ser hundido en esa agua tan salada.
De momento, hasta aquí nos detenemos para meditar por el Espíritu en este pasaje. La barca somos nosotros, los discípulos son nuestras inteligencias, poderes, deseos, destrezas y potencias dadas por Dios y que mejoramos y perfeccionamos en la carne, en lo físico y en lo natural. Jesucristo es nuestro Señor que siempre está con nosotros en nuestro interior, como lo prometió y así mismo cumple. El mar y la tormenta son el mundo y sus pruebas, respectivamente. Inconsciente e inherentemente, solemos primero nosotros hacer el trabajo pesado, con nuestras fuerzas resolver los problemas, con nuestras inteligencias pensar y decidir, con nuestras habilidades y destrezas, maquinar y operar soluciones y con nuestra fortaleza y poder de decisión realizar actividades, mientras el Señor duerme plácidamente en nuestra alma.
¿Pero por qué el Señor se tarda tanto en despertar? Si la tormenta está por ahogarme ¿por qué tengo yo que ir a despertarle? ¿Acaso es más importante dormir que velar por mí? Pueden pensar muchos muy en su interior, como los mismos discípulos enseñan pasa dentro del alma. Pero la Escritura es muy clara:
Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces, Jeremías 33:3;
Porque solo eso es su cubierta, es su vestido para cubrir su cuerpo. ¿En qué dormirá? Y cuando él clamare a mí, yo le oiré, porque soy misericordioso. Éxodo 22:27;
A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía, no te desentiendas de mí, Para que no sea yo, dejándome tú, Semejante a los que descienden al sepulcro. Salmo 28:1;
Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos; Pero tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba. Salmo 31:22;
Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo, Salmo 61:2;
Entendemos que por el Espíritu este contexto se da porque ellos no estaban llenos del Espíritu Santo y dependían de todo de él. Y así está escrito.
Mas ahora, por el Espíritu Santo, confianza tenemos para con el Padre e invocarle como conviene ahora a través del Señor Jesús y él estará atento a nuestros clamores sin importar tiempo, lugar, condición y situación.
El mismo Espíritu nos llevará a realizar la inteligente petición, el corazón a darle celeridad a esta rogativa y con la fe damos esa energía espiritual de comunión con la Deidad.
Por eso, cuando Jesús ordena Calma, enmudece, ahora ellos quedan más que atónitos, puesto que no se puede evitar sorprender que lo físico tiene límite y lo espiritual fulgura.
Si tuviesen fe, ellos podrían haber clamado en el nombre de Cristo, mantenerse fuertes y rogar al Padre, si tuviesen fe, pudieron haber controlado esa furia, pero decidieron rendirse y acudir a Cristo cuando ya todo está perdido.
En nuestros días, no tenemos que esperar a tener la soga en el cuello, tan pronto detectemos algo no va bien, fortalecernos en oración en el nombre del Señor Jesucristo y dar oído sordo a malos consejos, ignorar malos pensamientos, echar fuera debilidades e inseguridad y activar los cinco sentidos espirituales: es decir: tacto, gusto, oído, vista y olfato del hombre espiritual y Cristo actuando en nosotros.
De otra manera, faltando la fe, seremos como los discípulos, con la salvedad que ellos no tenían el Espíritu dentro de ellos y nosotros ahora, sí.
Que el amor, la gracia y el poder, además de la fe en el Señor Jesucristo sea pleno en ustedes, amados hermanos, amén.

Comentarios