Jesús anuncia su muerte
- Cuerpo Editorial

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Que el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes, amados lectores, en su espíritu rebosante, amen.
Amados lectores y creyentes en la fe: muchas veces a la gente no le gusta leer esto, porque les genera una desazón, un dolor, una tristeza, algo que no queremos padecer o sufrir. Pero estos sentimientos no son origen del Espíritu, sino de la carne, pues se sabe mortal y que tarde o temprano llegará el día de que su tiempo se agote y el hálito de vida regrese a Quien lo dio.
Leyendo por el Espíritu el pasaje hallado en Marcos 8:31-38, dice:
31 Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días. 32 Esto les decía claramente. Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle. 33 Pero él, volviéndose y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. 34 Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 35 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. 36 Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? 37 ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? 38 Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.
Podemos ver que el Señor Jesús daba una noticia difícil, pero no mala. Hablar de la propia muerte como algo natural debió cimbrar a todos. Si no hay una causa lógica o mediata (accidente, enfermedad o disparo) en el cual todos sepan que el destino fatal es inexorable, a muchas personas se les dificultaría decir: “ya me voy de este mundo”.
Pero es que nosotros tenemos que tener esa mentalidad espiritual de no temer en lo absoluto a perder la vida -que no es lo mismo a morir-. El que escribe cuando era niño y leía esta escritura, tuvo mucho miedo y tristeza, porque obviamente era un crío, su mente no estaba preparada para esa revelación. Ahora, en su veterana vida, añora partir con Cristo, sabiendo que la vida aquí sin Cristo es fea y con Cristo de repente hay batallas duras.
Entre todos los presentes, nadie tenía el Espíritu Santo en sí. Entonces era esperable que sintieran lo descrito antes, la tristeza de ver partir a alguien amado y que sea de la propia voz de quien sería sacrificado. Además, el Señor también les daba el consuelo y la llave de la esperanza: su resurrección.
Esto a la carne no le importa porque lo que esta quisiera es ser eterna e independiente de Dios. Por eso el Señor les enseñaba a entender el propósito de su muerte. Dio además del hecho, la causa y la consecuencia. No moría nomás porque sí. Es decir, su muerte no estaba planeada para solamente causar intranquilidad, sino para completar el plan que Dios ya había dictaminado como necesario para sacar al Hombre de todo lo que le habría de sobrevenir espiritualmente si no sucedía esto.
Y ahora nosotros sabemos por el Espíritu que sin esa muerte todos los demás pueblos lejos de Israel jamás tendríamos redención. Tendría Cristo que viajar en su carne a todos los confines de la Tierra y tendría que tener demasiados años en esta Tierra para poder llegar a todos los pueblos en todos los idiomas. Y ser de muchos años, rompería con otra limitante de Dios: la edad del Hombre en esta tierra. Después del diluvio Dios recortó la vida del ser humano hasta cuando mucho 120 años. No podría entonces el Señor Jesús cumplir con el ministerio basándose en estas reglas. El poder y el milagro tienen que venir de arriba, no de lo físico.
Ahora se entiende que la figura en la carne de Cristo solo fue enviada al pueblo de Israel, NO ASÍ SU PALABRA. Y por eso los ancianos eran sus sacrificadores y el pueblo su testigo. Así se cumplía lo dicho a los antiguos y Dios añoraba ser el Dios de todos los pueblos y no solamente uno.
Pero el humano Pedro, fiel a su estilo sin el Espíritu, le dijo aparte que no mencionara eso de su muerte, porque él en su pensamiento consideró que si Cristo moría todo acabaría. Con Cristo muerto ¿y quién continúa? ¿Quién le sucedería en el cargo de rabí? ¿Qué será de ellos? La mente de una carne que solo tiene potestad de ver lo físico, lo material.
Por esto mismo Cristo le refuta de manera categórica, diciendo que se apartase satanás de la figura de Pedro, pues en la debilidad de su carne tentó a Jesús de desobedecer, de aferrarse a la vida física y dejarlo aquí. Pedir por sí mismo antes que el resto constituye un acto de egoísmo. Pedro luego fue consolado, pues fue vaso necesario para que sucediesen estos hechos, no para que cayese víctima de la debilidad de la carne.
Luego de esto, el Señor nuestro habló al pueblo y sus seguidores y les enseñó el misterio de la muerte que da vida: negarse a sí mismo es la muerte del YO natural, humano, animal. Tomar la cruz es iniciar la lucha contra lo que la carne quiere y seguirlo es imitarlo en todo: renunciación, obediencia y santidad. De esto habló cuando decía que había que morir. No de entregar el espíritu -todavía-.
Luego dice que quien se niegue darse placer total a sí mismo, a adorar a Dios, honrarlo y confiar en él, perderá su vida eterna. Quien dedique esta vida natural a sí mismo y no dar espacio a Dios ni a Jesucristo, renuncia voluntariamente a seguir viviendo en la eternidad.
Pero quien, pierda su vida, es decir, deje de complacerse a sí mismo, vea al prójimo antes que a sí mismo, tenga el tiempo de conocer y caminar con Dios por medio de Cristo, este, a cambio de ceder su “yo” a lo que Dios determine en su vida, ganará la realidad de seguir vivo, vigente para Dios cuando entregue su espíritu.
Luego, de la meditación que todo humano debe hacerse: si logra todo lo que quiere y al final, al morir nada se va y se pierde al perder la vida ¿de qué habrá servido tenerlo? El mundo necio dice: “solo se vive una vez” dando a entender que todo se vale porque el “yo” lo vale todo. Pero si eso fuese cierto, entonces no habría esperanza. La muerte de la carne no es el fin en lo absoluto, es el punto ínfimo de intermediación entre el minúsculo existir aquí contra el resto de la eternidad, que es tan grande que nadie lo puede discernir para medir y por eso el diablo mete maldad y egoísmo para evitar que a gente medite en esto. Satanás miente y mentirá, porque en este ser no hay amor. Sabe que está condenado y debido a esto insta a toda la gente a no oír a Cristo, a vivir en sus condiciones y tener a su alcance la salvación.
Y señala Cristo a estos que oyendo no se consideran dignos por ser rebeldes: si ellos por vergüenza desprecian la vida, la palabra y el sacrificio del Hijo de Dios, regalo dado del cielo a ellos, él les pagará con la misma moneda en la gloria. No como venganza, sino como acto de justicia. Por eso amados, no hay que tener miedo y desconfianza de dejar de ser “yo” en esta tierra, porque en la eternidad tendremos la potestad de ser hijos del YO SOY, siendo también -yo soy- en su cielo nuevo y tierra nueva, ¡amén!
Que el Amor y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea en su espíritu, amados lectores, amén.

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