Jesús declara quiénes son su familia verdadera
- Cuerpo Editorial

- 24 ene
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Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu, amén.
El mundo y el diablo han estado siempre al acecho de la palabra verdadera y mediante fábulas, mentiras disfrazadas de historia de ficción, blasfemias y herejías atentan contra la Verdad, señalando historias mentirosas sobre el devenir de nuestro Señor Jesús mientras estuvo en la Tierra. Podemos leer por obra y gracia del Espíritu Santo lo escrito en Marcos 3: 31-35, que dice:
31 Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. 32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. 33 Él les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. 35 Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre.
El enemigo es padre de toda mentira.
Y nuestro Señor Jesús es su némesis que le vence de todas, todas. Así, en falaz represalia, usa mentes retorcidas para generar abominables dichos sobre si Jesús habría dejado alguna genealogía terrenal.
Otra anatema es decir que la madre de Jesucristo tiene un rol de deidad superior a él en intercesión y poder.
Sin embargo, la exactitud con la que nuestro hermano Marcos redactó este pasaje denota que la madre física de Cristo era tan humana como cualquier otra progenitora y la simiente que tuvo con su esposo José era tan carnal y física como cualquier otra simiente nacida de hombre y mujer.
En ningún caso la madre siguió siendo virgen, como tampoco sus hermanos en la carne eran necesariamente creyentes. Ni siquiera su padre físico volvió a figurar en el escenario espiritual.
Así que, todo dogma que contravenga esta realidad y predique lo opuesto es del demonio y tiene que ser rechazado. El Señor Jesús, después del desierto y del bautismo dejó atrás todo lazo con la carne, con lo antiguo, lo secular. En cuerpo, alma y espíritu se dedicó a la obediencia de su Padre Celestial, el Gran Yo Soy. Esto era consumar las profecías dichas de que tendría que hablar al pueblo a sus hermanos de nación y fe las nuevas palabras de reconciliación.
Incluso, refiere Marcos que le hacían una visita familiar mientras él ya estaba en su ministerio de predicación de las buenas nuevas y, en un acto de fe, de amor y de lealtad a Dios, declara que su madre, hermanos y hermanas son aquellos seres que crean en él y como él obedezcan la voluntad de Padre: oír cada palabra de él para atesorarlo en el corazón.
Echa por tierra cualquier atisbo de emparentar con la carne. Genera además un verdadero sentido de familiaridad con todos los postreros quienes, a pesar de no verlo, sabemos que somos familia. Así, millones y millones tenemos ese lazo de filiación con el Padre a través suyo. Y Cristo, en el sentido espiritual tiene muchas madres, muchos hermanos y muchas hermanas en cada congregación, época, familia, y sociedad que crea en él.
Esto es motivo de regocijo, porque nos cuida como tales: a las viudas y a las ancianas como madres; a los ancianos y viudos como padres; a los varones en edad adulta como hermanos; a las mujeres adultas como hermanas; a los chicos como hermanos menores y a los infantes como a sus hijitos.
Es decir, no hay grupo de edad, género, cantidad o cualidad fuera de su amor como familia espiritual que somos. Y todo por creer y amar hacer la Voluntad del Padre.
Así que no somos más parias, ni errantes, ni huérfanos, ni solitarios ermitaños. Tenemos todo y ya no estamos más solos. Glorificado sea el nombre del Padre y de nuestro Señor Jesucristo: sea su nombre exaltado por siempre y para siempre, amén.
Tenemos un propósito de vida, tenemos un destino y tenemos un nombre nuevo, una vida nueva y un lugar eterno donde estar en la eternidad.
Que la paz, gracia y amor de nuestro Señor Jesucristo sea en todos ustedes amados lectores, amén.




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