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La incredulidad de los propios

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    Cuerpo Editorial
  • hace 4 días
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: hace 3 días

Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu rebosante, amén.

Llegamos rápidamente al capítulo 6 del evangelio escrito por el hermano en Cristo Marcos y vemos que, en su primer pasaje, se da nota de lo difícil que es compartir lo bueno, proclamar lo santo y dar lo puro a los malos, a los muertos y a los sucios por el pecado, maldad y debilidad humanas.

Nuestro amado Señor Jesús acude a su propia tierra, Nazaret y da testimonio ahí. Leamos lo que el Espíritu tiene para nosotros hoy en día, en Marcos 6:1-6:

Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le seguían sus discípulos. Y llegado el día de reposo,[a] comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene este estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos. Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando.

Es muy duro entender esta palabra, amados hermanos. Cuando en los apuros, en la ansiedad, y el afán de que nuestros familiares, amigos, pareja, hijos y conocidos sean todos salvos, se den de topes contra la pared cuando el rechazo es evidente, tajante y doloroso.

Esto mismo nos enseñó Cristo en su aparición a Nazaret. Ese pueblito que muchos adoran -equivocadamente- dándole una importancia que no tiene, un estatus el cual no corresponde a la realidad y hacia la cual -todavía hoy en día- necios, ignorantes y pecadores acuden a esas tierras a venerar algo físico.

¿Qué van a venerar? ¿A que el Hijo del Hombre fue vituperado con el descrédito, la ignominia y la burla? ¿Los comentarios mordaces de incrédulos e hipócritas? Y esto lo promueve la religión enemiga de Dios, la ramera espiritual que todo pervierte y los obreros del diablo que llevan a muchos a viajar a esa tierra de pecadores y sobre quienes todavía recae la sangre del Cordero, llamándole “santa” a una región bañada en sangre inocente derramada. Los judaizantes no se quedan atrás: promueven tours a conocer los senderos y veredas donde los antiguos profetas con la mayoría de las veces redargüían de pecado a sus congéneres.

El celo es mucho, porque leyendo en el Espíritu se aprende la verdad, la cual choca frontalmente y destruye esas marañas de pecado, impiedad, impostura y cinismo. Veamos cuál es el dolor de también querer predicar con esa misma imprudencia e imponer algo que solo el Padre concede a quien Él quiere:

Oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene éste estas cosas?

No le dan la importancia a Cristo, porque se quedaron en la imagen antigua: bebé. Niño, adolescente, adulto joven, pobre y sin recursos, sin abolengo y sin fama. No pueden darle más valor que el de su propio entorno. Sí él, quien fue perfecto en todo, no tuvo esta distinción ¿Qué será de otro ser humano?

¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? Al no dar crédito al mensajero en su indumentaria y presencia, menos al mensaje. Ellos quieren ver lo que no pueden ver. ¿Qué esperaban ver? ¿La verdadera y actual forma del Cordero? Fueron consumidos en el acto. ¿Qué esperan ver de nosotros? ¿Una combinación extraña entre pecador y santo? ¿No es suficiente señal el cambio de actitud, presencia, dicción e incluso trato? ¿Eso da miedo y causa revuelo negativo? Sí, porque la luz exhibe lo sucio que oculta oscuridad y lo malo queda expuesto y eso incomoda. La nueva vida altera su equilibrio de mediocridad y los milagros son cambios no deseados.

¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? La necedad de atar al pasado es lo que les impide creer. Si antes eran una cosa, aunque fuera mala ¿para qué cambiar? ¡La resistencia al cambio! La dureza de cerviz y el engrosamiento de corazón para no creer lo que los ojos ven, no oír lo que los oídos escuchan y no recibir al que era y ya no es, porque ahora es otro ser de manufactura celestial en desarrollo.

¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. Amarrar a una mundana manera de ser y parecer, de vivir y convivir, de respirar y actuar es lo que les queda como único argumento para decir: NO. No pueden comprender cómo alguien “como ellos”, quien debía contentarse con lo que le fue dado, así como ellos y no dar el paso importante a la eternidad, ahora se enfrentan a esta molestia, a este ser ahora desconocido por ellos y quienes prefieren muchos hacerlo a un lado que reconocerlo. Al decir que sus hermanas estaban con ellos, es pensar que la familiaridad tendría que ser equitativa y que ellos no querían dejar el cieno espiritual en el que estaban. “Tú tienes que seguir siendo como nosotros, seguir guardando nuestras costumbres y no tienes derecho de cambiar ni hacernos cambiar y si tú quieres cambiar, allá tú, lejos de aquí”.

Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa. Como los familiares y cercanos están al pendiente de nosotros en la carne y conocen nuestra naturaleza caída antes de Cristo o cuando no estamos en el modo espiritual de testimonio por el Espíritu, dudan que lo de Dios sea real. Como no tienen revelación, solo acusan ver por la lógica simple, el pensamiento básico de solo observar lo físico y nada más. Es por eso que nuestro Señor nos enseñó esta dura lección en carne propia. Por tanto, no debemos forzar las cosas, pues si ellos serán salvos el Padre ya tendrá a los enviados en su tiempo y espacio. Solo debemos ser prudentes, guardar nuestro testimonio como familiares y amigos y dejar que el Espíritu obre en nosotros para con ellos.

Al final, debido al estupor, rechazo y falta de fe no pudo hacer muchos milagros, sino algunos pocos, como refiere el texto. Pero debió ir, habló y enseñó no importando que le dijeran que no. El testimonio debía darse y nosotros de igual manera, aunque no les prediquemos de manera directa, estar presentes cuando se requiera y ya con eso es el testimonio hacia ellos.

El Señor continuó con la visita a los pueblos y caseríos cercanos para cumplir el plan espiritual. Ya el propio Padre tomó Su decisión respecto al destino de ellos y así lo hará con los propios familiares. No nos queda más que seguir rogando prudentemente por ellos. 

Que el amor, la gracia y el poder, además de la fe en el Señor Jesucristo sea pleno en ustedes, amados hermanos, amén.

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