No murmuréis los unos de los otros
- Cuerpo Editorial

- 13 dic 2020
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Hermanos amados de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo: bendiciones, paz, amor y entendimiento de lo Alto sea concedido a ustedes, que la sanidad del Señor esté presente y también estén guardados del mundo y sus calamidades, amén.
El capítulo 4 de la carta de Santiago continúa en su método discursivo argumentativo muy fuerte, debido a la necesidad de disciplina y orden entre las muy dispersas congregaciones de hermanos que salieron de Jerusalén a establecerse en todas las provincias aledañas a la ex provincia de Judea. Como muchos escaparon a salta de mata, no tuvieron tiempo de despedidas y cada quien se fue según su entender, de modo que preguntas no fueron respondidas, dudas no fueron aclaradas, cuestiones no pudieron ser comprendidas y esto fue parte importante del por qué al asentarse había mucha necesidad de enseñanza y corrección.
El apóstol así pues en el versículo ordena por el Espíritu Santo, cuáles infantes en sus primeras lecciones de primaria: “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros”. Simple, directo y tajante. Como muchos hermanos tenían diferentes escalas de crecimiento espiritual, discutían largas horas no para enseñanza, llegar a un punto de acuerdo y edificación a la grey, sino por el mero gusto placer de polemizar y ver quién tenía la razón: quién se imponía en su conocimiento. Luego los perdedores hablaban mal, molestos, ardidos y deseosos de revancha, pues con su orgullo no podían en humildad meditar en Jesucristo y dejar que el amor y sabiduría espiritual fluyera en todos. Así pues, el panorama entre varias congregaciones y el apóstol tuvo que poner un hasta aquí, temeroso que el Señor enviase disciplina ante tanto desamor.
Prosigue con una explicación poderosa de hecho y consecuencias de tales hechos:
a) El que murmura del hermano y juzga a su hermano, el hecho que no debe ser bajo ninguna circunstancia y en ningún concepto. El Señor Jesucristo mismo dijo: yo no juzgo, no penséis que he venido a juzgaros, tienen quién les juzgue, porque no es el juicio, la condenación y la contienda al interior de su iglesia; sino el amor, la misericordia y la paz sembradas y dando fruto al ciento por uno.
b) Murmura de la ley y juzga a la ley, primera implicación o resultado de lo anterior. Murmurar de la ley significa poner en entredicho la efectividad de los designios dispuestos de Dios para juzgar en el día postrero al mundo. En pocas palabras, entre ellos es decir que el Señor es imperfecto, pues dudan de la legalidad, esencia, propósito y existencia de la ley que Dios impuso. Juzgarla es dar un juicio de valor, o sea, en primera persona dar un número, un estatus, un nivel y por tanto, una conclusión al respecto. ¿Quién podría redargüir al mismo de Dios de pecado? ¿Quién podría editar su ley quitando o poniendo comas, agregando o eliminando criterios o voluntades? ¿Quién querrá hacer al Dios Vivo mentiroso?
c) Pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. En pocas palabras, eres Dios. Tú que por murmurar ¿no dejas que el odio llene tu corazón y, por tanto, eres reo de juicio? ¿No te expones al fuego del infierno si matas al hermano en vida intentando matar también al Señor Jesús -quien mora dentro de ese otro hermano- en el proceso? ¿Permitirá el Padre ver a su Hijo morir de nuevo porque dos pierden el tiempo debatiendo en su propia vanidad dando mal testimonio y dejando la carne y el diablo tomen ventaja? ¿No está la ley para juzgar y condenar al pecado en la carne y tú la usas para murmurar contra tu hermano, además denostar la palabra de Dios?
d) Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otros? Dios, en su soberana voluntad, no abrogó la ley a través de enviar a nuestro amado Señor Jesucristo porque debía mantenerla como marco legal en el juicio del Trono Blanco. Sin embargo, la causa principal del juicio -el delito mayor inexcusable- es el no haber creído que Jesucristo es el Hijo de Dios, por esto se condena el mundo, porque no cree esto. Esta es la verdadera ley nuestra: mantenernos dentro de esa premisa salvadora. Saliendo de ella no hay salvación sino perdición y condenación. Entonces, al murmurar contra otro hermano, implica negarle el derecho de salvación, juzgarlo es como echar fuera a Cristo de su vida y enviarlo al infierno, como juez que dicta sentencia de desalojo. ¿Serías capaz tú qué murmuras, de negarle el derecho de vivienda al mismísimo Hijo de Dios -tu supuesto Señor- y de que él posea cuanta propiedad le plazca? ¿Le dirás “en esta casa no vivirás, Jesús”? Y al juzgar a tu hermano, ¿desalojarías a Cristo de esa casa, sacándolo y destruir esa casa prendiéndole fuego para que no la vuelva a habitar? Los de Israel, en general la especie humana, NO TIENEN POTESTAD de emitir juicios de tal magnitud, sino sólo el Juez que es Dios y hoy no juega ese papel, sino el de Padre amoroso y todavía lleno de misericordia. Por lo tanto, tú que murmuras y juzgas, te adelantas a los hechos y te sientas en el Trono del Juicio Blanco haciéndote igual a Dios (¡Padre Santo, igual que satanás!, Sí igual que él) y envías almas al infierno, sabiendo que no tienes potestad de condenar y el Padre también es celoso y no cejará en dictar disciplina a quien usurpe un lugar sólo para Él (porque ni el Señor Jesucristo tomará tal lugar, eso solamente es del Padre). Por eso el apóstol por el Espíritu termina preguntándote ¿quién eres para que juzgues a otros? En esta carne no somos más que hierbas del campo secadas por el sol, así de frágil y débil esta existencia, reflejo de la eterna dónde está la verdadera esencia nuestra. Si no puedes superar esta frágil esencia ¿te concederá el Señor más poder en la otra? Refrena tu lengua, no des lugar al diablo, humíllate y sé prudente, renúnciate a ti mismo, ni vivas más tú sino Cristo en ti, sé fiel hasta la muerte, ora sin cesar, sigue los mandamientos de nuestro Señor.
Podrá más de uno incomodarse y mucho por estas palabras, sin embargo, comisionado estoy por el Espíritu Santo a que, por medio de palabras y ejemplos muy fuertes a dimensionar el verdadero peligro de murmurar y juzgar. No puedo yo hablar en términos de la ley judaica, porque trascendemos de ella, sino ahora en términos más contemporáneos, porque esto es un tema muy sensible delante del Señor. Un desalojo arbitrario habitacional es el peligro y la injusticia espiritual que los hermanos que no refrenan su lengua y permiten el odio entre en su corazón.
En la actualidad no es secreto que entre hermanos no se hablen, se odien, incluso, acudan a tribunales, se demanden y busquen su mal. ¿Es esto testimonio agradable a Dios? ¡De ninguna manera! Les envidias, las codicias, las contenciones parecieran ser parte del devenir de muchas congregaciones, donde si no hay pleito no están felices. Un excesivo amor al dinero y ser el pastor, estar en ministerios falsos, apego a edificios en lugar de salir a buscar almas. En este mismo celo que escribió el apóstol Santiago hago llegar a mis contemporáneos. Si el Señor Jesús es amor, ¿por qué el odio? Si él nos promete y da su paz, ¿por qué eligen muchos las contiendas? Si él es fe, ¿por qué darle lugar al ojo? Si él es renunciación ¿por qué el ego es el tesoro más valioso? Y así puede continuarse, en el amor de nuestro amado Señor Jesucristo, les ruego: ¡cuiden siempre no caer en murmurar y mucho menos, juzgar a los hermanos!
Es así como este muy corto tema, pero de mucha profundidad, muestra el Espíritu Santo revelar al hermano que escribe. El fundamento está en Santiago 4:11-12. La paz, gracia, amor y esperanza sea sobre todos ustedes amados hermanos, amén.
11 Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez. 12 Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?

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