No sabéis lo que pedís

Que el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes, amados lectores, en su espíritu rebosante, amén.
En el amor y la gracia que nos da el Señor Jesucristo tenemos una etapa de vida, la cual tiene principio, pero no fin. Es la etapa de la vida espiritual y nos toca forjarla tan pronto confesamos el nombre que es sobre todo nombre, con fruto de labios y de corazón contrito y humillado, declarando audiblemente que Jesucristo es el Hijo de Dios y que Dios le levantó de los muertos al tercer día.
La del mundo fenece a su tiempo, ya sea porque se alcanza la estatura espiritual o porque los días dados se agotaron.
A veces, por animosidad del alma, creemos y sostenemos cosas que no es propio pedir o esperar, por la naturaleza prohibitiva de la petición o porque se escapa a lo que la mente de Cristo puede pedir en su inteligencia espiritual, pues es la mente humana la que en su imprudencia pide.
Tenemos que ser prudentes, amados hermanos, porque no todo lo que pidamos por pedir puede ser concedido, y no porque Dios no pueda, sino porque se escapa de la esfera de Su Voluntad y permisión. Por ejemplo, alguien podría pedir por sanidad, restauración, protección o salvaguarda de una dificultad o un milagro. Pero no se puede pedir que alguien muera, desear el mal, pedir ganar la lotería, ser el más famoso del mundo, tener muchísimas peticiones, etcétera, porque no venimos a ser más vanos que los vanos, sino más santos que los mundanos.
En este sentido, también podríamos pedir ser el mejor creyente del mundo, el cristiano más rico y poderoso, un político que gane elecciones para predicar, un empresario de la fe que haga millones en negocios para dar a los pobres, … Y eso no tiene sentido alguno. Leamos el texto de hoy: Marcos 10:35-40:
35 Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos.
36 Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga?
37 Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.
38 Entonces Jesús les dijo: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?
39 Ellos dijeron: Podemos. Jesús les dijo: A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados;
40 pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado.
Tomaremos por partes este pasaje porque hay dos momentos de enseñanza para el mismo relato de hechos dejados por el hermano Marcos. Aquí, en este número, veremos el primero y el segundo queda para el siguiente blog.
Sobre todo, en los primeros años de enseñanza y de recorrer el Camino, somos dados a emocionarnos y soltar pidiéndonos casi cualquier cosa aprovechando que el Señor nos ama y nos salva. Muchas de estas rogativas tienen sustento en un efluvio psicológico del momento, más que una razón espiritual con propósito eterno.
Naturalmente, estas peticiones no son escuchadas ni atendidas porque contraponen los principios de la fe, el evangelio y la palabra de Dios. Pero la carne es débil y empieza su intriga de que: “Dios no oye”, “Dios no puede con eso”, “Dios no quiere”, “Dios no me ama porque no cumple lo que le pido”, siendo que confunden la fe con la emoción.
¡Claro! Por poner un ejemplo, pedimos por toda nuestra parentela y círculo de amistades, así como que, por un chasquido de dedos, todos viniesen al instante a confesar a Cristo y esto no funciona así. Recordemos que la salvación es una decisión personal, no es una declaratoria multitudinaria: cada quien tiene que tener su propio momento de conocer a Jesucristo en la intimidad de su alma, así como nosotros lo hicimos, cada quién tiene su momento y espacio, o no lo tiene.
Otro ejemplo, cuando nuestros hijos de pequeños nos pedían comprar toda la juguetería, teníamos que decirles que no era posible y que eligieran el juguete que más les gustara. Ellos terminarán entendiendo que hay que tener mesura y conforme vayan creciendo, modularán la intensidad y alcance de sus próximas peticiones.
Lo mismo en las cuestiones de fe y oración. Hay que enseñarse a orar. Para no pedir algo que no conviene y luego se genere un contristamiento innecesario solo por no tener sujeta la rienda de la mente y el corazón.
Así pues, nuestros hermanos Juan y Santiago -que en Marcos dice que fueron ellos- solicitan a Cristo un favor para una petición. El Señor asiente en escucharlos y ellos formulan algo que no es posible dar. El Señor les revira sosteniendo que no tenían conciencia ni inteligencia en su petición. Y les pregunta si ellos podrían hacer lo que él haría, y ser ungidos como él fue ungido. Ellos con su alma convencida comentan que sí tienen esa potestad porque poseen esa voluntad de hacer eso.
Y el Señor Jesús confirma que sí podrán y, de hecho, darán su testimonio como él a su tiempo, pero en realidad el derecho de ser sentados a la izquierda y derecha de Cristo no es algo que fuera a suceder literalmente, pues solo él es la diestra de Dios Padre, y, en todo caso correspondería al Padre conceder tal petición. Y sí, todos ellos, más tarde serían confirmados de ser sentados sobre un trono para juzgar a las doce tribus del Israel antiguo, conforme a la ley y al evangelio de Cristo. Pero en ese momento no era adecuado decirlo, porque Cristo estaba en la carne todavía y debía morir primero. Luego, ya muerto y resucitado, ahora sí, tuvo la potestad de conceder tal petición cuando más tarde profetizó esto que se comenta, pero en los términos correctos y apropiados, no en lo que Jacobo y Juan originalmente pidieron.
Y, de hecho, por esta petición un tanto impropia, generó molestia al interior de los discípulos, pero de esto se hablará en el siguiente blog. La enseñanza es, amados hermanos: sometamos nuestra emoción al Espíritu, domemos nuestra mente y no dejemos que el corazón domine, evitemos que la carne y el alma se atrevan a pedir cosas en desorden y sin aplicación práctica en el Espíritu. Con esto, cerramos la puerta al diablo de lanzar dardos de duda que pretendan debilitar la fe. Seamos sabios, inteligentes, prudentes, meditabundos y humildes. Con estos pasos sencillos no saldremos de la gracia y siempre estaremos atendidos en tiempo y forma, porque la lengua se refrena para no pedir lo que no conviene.
Podría especificarse con las siguientes preguntas de meditación y reflexión en el Espíritu:
Cuando pido, ¿Es para mí? ¿Beneficia a cuántos? ¿Afecta a otros hermanos o prójimos? ¿Es alcanzable en términos lógicos, físicos y naturales? ¿Persigue un propósito espiritual específico? ¿Cuál es el verdadero origen de la oración? ¿Se tiene fe o se duda durante la petición? ¿Se tiene confianza plena en el Padre o se da por algo de azar? ¿El beneficio esperado provocará un aumento de fe y gratitud? ¿Tiene relevancia en la iglesia, familia o persona? ¿Busca el bienestar, la paz, el amor y la concordia? ¿El interés es espiritual o terrenal? ¿Se dispone de paciencia y esperanza? ¿Es urgente y requiere inmediatez o se puede esperar? Y así, muchas preguntas más de esta índole, inspiradas por el Espíritu Santo.
Que el amor, la gracia y la misericordia de Cristo Jesús, nuestro Señor, sea en todos ustedes amados hermanos, amén.

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