top of page

No sea como yo quiero, sino como tú

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 17 may
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 18 may

Que el amor, la gracia, la paz y el gozo de nuestro Señor Jesucristo sean plenos y rebosantes en ustedes, amados hermanos, amén.

El Señor Jesús ya estaba a pocas horas de ser apresado como ladrón y cuando llegaron al huerto de Getsemaní, pidió el Señor tomasen asiento. La razón era para que reposasen ellos y él orar. Por el Espíritu sabemos que el Señor en ocasiones se apartó para tener una comunión personal con el Padre y así recibir confianza, fortaleza, poder y consuelo. Estar en la carne es muy difícil. Esta ocasión era diferente.

Solicitó a los restantes quedarse ahí y con Pedro y los hijos de Zebedeo les pidió a ellos tres que lo acompañaran y en el trayecto corto les comentó que su alma estaba muy triste y angustiada hasta la muerte, tanto así que les pidió que velaran con él, mientras oraba. ¡Y cómo no! ¿Quién no habría sentido tal angustia, saberse pronto ser sacrificado? La carne es débil y recordemos que al terminar la cena el Espíritu del Señor Jesús menguó para que el enemigo tuviese potestad sobre él en ese tiempo. La tristeza de Jesucristo es porque el Padre habría de cortar toda comunicación con él, pues en su humanidad posaría toda la inmundicia del pecado de todos los hombre y aspecto de muerte y maldición vería toda la corte celestial y el Creador sobre su figura humana.

La angustia sobrevino porque la carne no quiere padecer, no quiere sufrir y obviamente no quiere morir. Esas células y órganos y tejidos, ese cerebro y corazón trataban de luchar contra el alma de Cristo para evitar esto, cosa imposible. La voluntad estaba dada y no había marcha atrás. Cuando una persona sabe que va a morir en la gran mayoría de los casos lucha y se angustia. Procura un esfuerzo para evitar ese desenlace.

Deja a los tres en cierto lugar y el avanza un poco más. Es muy difícil, casi irresistible, perder el contacto con su Padre, tener que ser solo un humano y no parte de la Deidad, ser el objeto de castigo y humillación con tal de salvar a la Creación. Los religiosos se quedan en el nivel humano, pero en el Espíritu, Jesús no se afligió sobre él, sobre su cuerpo y sobre su dolor físico: él se afligió porque por primera y única vez sentiría lo que es estar sin Dios. Mucha gente sufre esto, vive esto: anda respirando y está sin Dios y esto padeció en esta hora nuestro Salvador, por eso hizo lo que debemos hacer nosotros -¡aleluya! En su hora de debilidad aún nos enseña lo que tenemos que hacer: orar.

Se postró a lo sumo, su cabeza tocando el suelo y de rodillas.

Dijo: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como tú”. 

Clamó, no para ser atendido, sino ser oído para desahogo. ¿Por qué no para ser atendido? Porque su destino era morir y tenía que desahogar el dolor de la angustia y la lucha de su carne, que le hacía pensar que no debía morir. Es la misma lucha espiritual que todos nosotros tenemos día a día, hora a hora, cuando el afán, la vida, el mundo, nuestra debilidad nos hace estar así. El Señor Jesús necesitaba que el Padre le reconfortará al ser escuchado y le escuchó. Ruega Cristo si podía ser evitado el destino para que la carne tuviera su respuesta: NO.

Regresa y pues se contrista que los tres que juraron que no se escandalizarían ya estaban dormidos y no podían velar con él siquiera un momento. La carne es débil y el Espíritu menciona que sus ojos estaban cargados de sueño. Cansados de las labores de ese día era necesario que estuvieran así para que la prueba sobre Cristo fuese de mayor magnitud. A veces, cuando no encontramos ayuda o apoyo nos contristamos en nuestros problemas, pero esto sucede porque tenemos que aprender a confiar en Dios y no en los hombres. Jesús le dice a un Pedro somnoliento: “¿así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil”. Sigue enseñándonos el Espíritu. Solo los que padecen la tribulación saben lo que se siente. Muchas veces los hermanos tienen en poca cosa nuestro sufrimiento, dan por sentado que “todo está bien” y que “Dios hará”.

Pero hay que ser conscientes y sufrir el dolor del hermano, no solo compartir el gozo. Tenemos que ser uno, un cuerpo. No podemos dejarlos abandonados, alejarnos. Hay que al menos protegerlos con la oración, el ayuno espiritual, la súplica. Sabe Dios que somos débiles y que si alguien se aleja tal vez sea porque muestra debilidad o miedo, pero ¿y la fe? Por esto mismo el propio Señor nos da esta cátedra de cómo actuar en tiempos duros y difíciles. No abandonar a los hermanos, no dejarlos solos, no desconocerlos, sino apoyarlos en lo que se pueda y tenga y nunca falte velar y orar.

Hay que evitar caer en tentación, porque esos momentos son críticos y hay que mostrar arrojo y dominio propio, valor y compostura, templanza y fortaleza, sobriedad y propiedad.

Tras esto, otra vez, su carne se rebela y trata de debilitarlo diciendo “ni tus discípulos te son fieles ¿y ahora qué hay que hacer?”.

Regresa y vuelve a rogar para ser oído y no sentirse solo.

Se vuelve a postrar y ahora dice: “Padre mío, si no puede pasar esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad”. Es decir, solicita fortaleza para afrontar la situación. NO está pidiendo que la quite o la elimine, sino que lo fortalezca para salir adelante.

Cuando se enfrenta una prueba de fe, amor, tribulación, enfermedad, testimonio de poder ante incrédulos o persecución, no es correcto delante de Dios exigir que se nos quite. ¡NO! Es armarse de valor y no dejar que el miedo, el terror, la inseguridad o la cobardía contaminen nuestra mente. Es algo que tiene que pasar y hay que acrecentar la fe, la oración. A veces se enseña que lo malo es paga por ser pecadores, porque se está mal con Dios o porque se anda en malos pasos o pensamientos. La verdad es que también es cuando se está creciendo, hay pruebas y exámenes.

Es como la pubertad espiritual, mientras el cuerpo crece se enferma más seguido para desarrollar defensas y darle al cuerpo la estructura adulta final. Así también en nuestra vida espiritual, pasamos de niños a adolescentes espirituales, y luego a adultos espirituales. Entonces no es necesariamente malo, sino parte de la formación en Cristo. A cada quien se le revelará por el Espíritu Santo el acontecer y la razón tales situaciones fuertes, orando por el Espíritu y no dejándose dominar por la carne.

Regresando al pasaje, el Señor halla fortaleza cuando termina de orar, puesto que domina esos impulsos de no padecer y regresa con sus discípulos, los cuales estaban dormidos. Regresa de nuevo, por tercera vez, porque sus discípulos ya no están para él, pues ellos también iban a ser probados, al ser divididos y vuelve a orar, rogando como sigue:

Padre mío, si no puede pasar esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad”.

Confirma el propósito de su misión, ya que su carne es derrotada y se fortalece totalmente su espíritu para regresar y despertar a sus discípulos. Ya no hay nada más que hacer, la doctrina y las palabras, los milagros y los hechos quedan atrás y ahora es momento de menguar y ser objeto de sacrificio para rescate de millones y millones. Da un mensaje final de fortaleza y aceptación. No es posible ya regresar el tiempo, imposible evitarlo y sin sentido brincarlo. Les dice a sus somnolientos y agotados discípulos: “Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores”.

Menciona tres mensajes importantes.

El primero: la paz del Señor Jesús, dormir y descansar. Es decir, que siempre nuestra esperanza sea el Señor Jesucristo en nuestras vidas, para todo, en todo y por todo. Prueba o disciplina, persecución o ultraje, injusticia o escarnio, odio o asechanza, todo puede ser tolerado en Jesucristo, Señor nuestro. No se nos puede quitar la paz ni el sueño. Nuestro reposo es el Padre y nuestra paz es Cristo, no hay que tener temor en lo que nos puedan hacer en el cuerpo o en la carne, en la posesión o en la labor. Hay que aprender a orar, ser pacientes y esperar.

Segundo mensaje: el tiempo. En la vida de todo creyente habrá momentos de dolor, soledad, enfermedad, persecución, descrédito, burla, odio, aborrecimiento, pleito, pobreza, pero nunca hay que negarse a padecer ni rehusarse a tener las marcas de Cristo en nuestra vida. Es parte de la misión. Es parte del proceso de fortaleza y perfección y si el Señor lo padeció, siendo el Hijo de Dios, nosotros también. Y no hay que leerse esto con miedo o inseguridad, sino fortaleza renovada y orgullo de ser llamados hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Tercer mensaje: Los pecadores. El Señor Jesús tenía que morir, sí, pero no a mano de los santos ni los justos, sino por los pecadores, es decir, gente ordenada para condenación, vasos de deshonra, enemigos de Dios y del Cordero, perseguidores de la fe y odiadores de todo lo celestial, nacido del Padre. Entonces, tengamos confianza que quienes buscan estar en conflicto contra nosotros no es por nosotros, sino porque representamos a Dios y no tenemos que tener algo personal contra ellos. Son pecadores y nosotros no estamos para juzgarlos, solo perdonarlos y solamente la Sabiduría del Padre determinará su destino.

Tengamos paz y consuelo que aun en los peores momentos tenemos el apoyo y fortaleza del Padre y del Hijo por medio del Espíritu Santo que ahora vive en nosotros. Nunca lo olvidemos y siempre mostremos aliento y fortaleza ante cualquier prueba, que el Señor nos liberará y nos salvará.

Lo anterior se ha compartido de acuerdo con la cita hallada en Mateo 26:36-46 que dice:

36 Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. 37 Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. 38 Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. 39 Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. 40 Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? 41 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. 42 Otra vez fue, y oró por segunda vez, diciendo: Padre mío, si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad. 43 Vino otra vez y los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño. 44 Y dejándolos, se fue de nuevo, y oró por tercera vez, diciendo las mismas palabras. 45 Entonces vino a sus discípulos y les dijo: Dormid ya, y descansad. He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. 46 Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega.

Que el amor, la gracia, el gozo y la paz del Señor Jesucristo estén en todos ustedes, amados hermanos, amén.


 

Comentarios


Si tiene alguna duda, sugerencia o comentario, no dude en ponerse en contacto con nosotros al siguiente correo: lasanadoctrina2014@gmail.com

 2025 Buenas Nuevas, Mty. Mx.

bottom of page