Se cumple la visitación a Israel

Que el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sean con todos ustedes, amados lectores, en su espíritu rebosante, amén.
Amados hermanos, en el mundo existe un refrán que dice: “no hay plazo que no se cumpla y no hay fecha que no se llegue” en el entendido del poder del destino y la manifestación de acciones inevitables por obra de la naturaleza misma que Dios confeccionó en el inicio de los tiempos de la materia y todo lo que existe. La palabra de Dios no son refranes, no son dichos debatibles ni es dicharachería religiosa… La palabra de Dios es el destino verbalizado. Es profecía inexorable y por tanto, la conclusión de algo… O alguien.
¿Por qué está establecido esto? Por la imperfección de la caída del hombre, el pecado no puede ser eterno, la caída no puede ser eterna y la muerte, consecuencia directa de lo anterior tampoco. Si Dios, es Dios de vida, entonces procurará que esta vida siga y no cese. A la verdad, Dios no quiso que el hombre muriese; sin embargo, tras la maldad hallada en la desobediencia, debió cortar la expansión del desastre.
Por esto, decidió dar tiempo para que Su manifestación de reparo tuviese existencia y a través de las generaciones diseñó el plan. Habiendo tomado un pueblo -el cual debía ser obediente en todo- para que a través de la santificación diese testimonio a lo demás y existiese una reconciliación, la verdad es que este pueblo no entendió el propósito de su elección y, al igual que Adán, oyó al pecado y cayó.
Entonces Dios preparó otro plan: llamar a otro pueblo, pero ahora en términos de Su Enviado, el Profeta, el Hijo: el Heredero de todo. Ahora, no solo salvar a este pueblo que no supo leer los pensamientos y leyes de Dios, sino que ya de una vez por todas a todos los que oigan y crean.
Este Hijo, nuestro Señor Jesucristo, desde el mismo Moisés les profetizó que ese día llegaría donde este Santo Ser andaría entre los humanos y constituiría la oración de restitución del pacto que Dios tuvo con los antiguos que lo sirvieron. Leamos lo que el Espíritu mostró al hermano Marcos redactar en Marcos 11:1-11, en el marco de esta nueva revelación que con amor y gracia compartimos a ustedes, amados lectores:
1 Cuando se acercaban a Jerusalén, junto a Betfagé y a Betania, frente al monte de los Olivos, Jesús envió dos de sus discípulos, 2 y les dijo: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego que entréis en ella, hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado; desatadlo y traedlo. 3 Y si alguien os dijere: ¿Por qué hacéis eso? decid que el Señor lo necesita, y que luego lo devolverá. 4 Fueron, y hallaron el pollino atado afuera a la puerta, en el recodo del camino, y lo desataron.5 Y unos de los que estaban allí les dijeron: ¿Qué hacéis desatando el pollino? 6 Ellos entonces les dijeron como Jesús había mandado; y los dejaron. 7 Y trajeron el pollino a Jesús, y echaron sobre él sus mantos, y se sentó sobre él. 8 También muchos tendían sus mantos por el camino, y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían por el camino. 9 Y los que iban delante y los que venían detrás daban voces, diciendo: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! 10 ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas! 11 Y entró Jesús en Jerusalén, y en el templo; y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce.
Gracias a esta visitación, el Padre saldó las cuentas con los antiguos a quienes prometió Él asistiría y mostraría el camino a la reconciliación. Lo hizo, fiel y a tiempo, pero el pueblo no leyó bien las señales. El sanedrín no quiso ver las señales y no le creyeron, además de contradecirlo e incordiarlo.
El Señor Jesús, obediente, vio cómo le adoraban, pues el Padre le tenía preparada esta honra. Pero también sintió tristeza porque, aunque muchos fueron sinceros en su adoración, otros fueron movidos por la emoción solamente. Su tiempo se allegaba de ser sacrificado, y esto es lo poderoso de la visitación. A partir de aquí el posterior versículo que millones hoy saben: “a lo suyo vino y los suyos no le recibieron”.
Amados hermanos. Todos, absolutamente todos los hijos de este siglo y hasta que Cristo venga nuevamente, tendremos nuestra visitación, ese momento cumbre donde tendremos nuestro encuentro con Jesucristo en realidad, y nosotros, al ser elegidos lo vimos y creímos y por eso es que ahora somos salvos, ahora los no conversos tienen y tendrán el suyo. Rogamos pues, que no sean comparsas de aquel pueblo que lo crucificó. Pues si lo niegan y rechazan, juicio y condenación ponen sobre su cabeza.
Así, pues, es otra función de la iglesia: asegurarse que la visitación sea para salvación y aun que haya valientes que arrebaten el reino por causa de la fe y la justicia. ¿Cómo? Con oración, ruego y súplica en fe constante y amor fulgurante.
Que el amor, la gracia y la misericordia de Cristo Jesús, nuestro Señor, sea en todos ustedes amados hermanos, amén.

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