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Dos actos de fe poderosos 

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • hace 6 días
  • 5 Min. de lectura

Amados hermanos nuestros: que la paz, amor y gracia del Señor Jesucristo sea con ustedes, en su espíritu rebosante, amén.

Una vez logrado el objetivo de dar testimonio para que Decápolis tuviese un enviado a pesar de su rechazo inicial, el Señor regresa al otro lado para ser recibido por otra multitud. Estando todavía en el mar, llega a él un hombre principal, sabedor de su poder y teniendo fe en que nuestro amado Señor podía sanar. Su hija estaba enferma, él tenía fe en que Jesús podía hacer el milagro… si llegaba a tiempo. Mientras tanto, una mujer empobrecida y venida a nada a causa de falsas promesas de ser sanada tiene como último recurso, acercarse a nuestro amado Maestro redentor.

Leamos pues, lo que ahora el Espíritu nos muestra a leer y meditar con la mente de Cristo, lo siguiente, Marcos 5:21-43: 21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar. 22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies, 23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá. 24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban. 25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. 28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. 29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. 30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? 31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. 33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. 34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote. 35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo. 38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme. 40 Y se burlaban de él. Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña. 41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

La razón y propósito de que se escriban estos dos pasajes simultáneos obedece al hecho de que dos almas tuvieron diferentes necesidades, pero convergieron en tener la suficiente fe para alcanzar gracia y salvación.

Como veníamos comentando, la hija del principal de la sinagoga, cuyo nombre es Jairo, pensaba que Jesús podía sanarla siempre y cuando la alcanzara a ver con vida. El hombre siempre tiene limitantes, pretextos y estorbos para dar total crédito y confianza al Padre, tal vez porque piensan que son finitos como nosotros o imperfectos como nosotros. Y Jesús accedió a acompañarlo.

La multitud son las circunstancias que hacen parecer que el tiempo se ralentiza y la respuesta no llega. Lo de la mujer enferma se verá más adelante. Entonces Jairo procura acelerar el paso, pues su corazón sabe que el hálito de su hija es prácticamente nada al tiempo que tardan. Incluso, pareciera que el otro acto de fe interrumpe esta caminata y de hecho, cuando Jesús todavía no termina de hablar con esa mujer, llegan personas de la casa de Jairo para comentarle que era demasiado tarde, ya murió y nada puede hacerse ya.

Sin culpar al Maestro, le dicen que no lo molesten más -pues ya muerta ¿qué más puede hacerse? Tal vez el Maestro no le alcanzaría el poder de volver a la vida a una fallecida y había que iniciar los preparativos.

Más nuestro amado Salvador le comenta que crea solamente, que todo es posible si se cree con el corazón. A partir de ahí, la multitud se queda con nueve discípulos y Jesucristo se lleva a tres junto con Jairo. Llegan entonces a la casa y naturalmente en casos de muerte de un ser querido, los dolientes están deshechos. Nuestro Redentor y Rey les dice que la niña no muere sino duerme, tras lo cual se burlan dolosamente de él, pues lo creen y piensan es una broma pesada.

Y por su pecado de haber negado la eficacia de la fe provocó que fueran echados fuera, tan solo los dos padres y tres discípulos se quedaron con la compañía del cuerpo y con la encomienda de ver y atesorar lo que habrían de observar.

Así que el Señor toma su espacio y su tiempo y se acerca al cuerpo en presencia de los padres. Habla con ella mientras le toma de su mano y le pide que se levante con poder. Acto seguido, la niña despierta. Los padres atónitos y los incrédulos y metiches llenos de espanto. Y no podemos juzgar a los que lloraban, porque estaban en su papel de rentar sus lágrimas algunas y no tenían el Espíritu Santo. Por eso se burlaron del Señor Jesús.

Pide el Señor que le den de comer y también no comentar lo que sus ojos vieron. ¿a causa de qué? Debido a que el Señor todavía no era glorificado y crucificado. Además, no era propósito resucitar a cualquiera, sino solamente a quienes eran vasos de honra.

El Señor Jesús demostró que él tiene poder sobre la muerte a estos pocos y bueno, su fe les fue salvada el alma de la niña.

Y en cuanto al otro caso, la mujer quedó con nada de sus recursos monetarios, como se explicó antes, primero parecería ser el procedimiento de vida, gastar todo, agotar todo y luego al final tener fe. Ella, consciente de que si no hacía esto, tocar el manto de Jesús, se iría despidiendo de este mundo. Así que se armó de fe y valor y lo tocó entre muchos que apretaban a Cristo. Sale poder y él lo percibe, pregunta quién fue y la mujer, responsable, da pormenores de esto. Sin la fe, no podría hacerlo y más cuando ella reconoce si tan solo con su manto podría ser salva. Y lo fue.

El Señor Jesús le contesta lo que precisamente ella consideró en su corazón. Su fe la salvó y ella también regresó a dar su testimonio al lugar de donde era originaria.

Dos actos de fe, dos necesidades, un mismo Señor. Nada nos faltará, amén.

Que el amor, la gracia y el poder, además de la fe en el Señor Jesucristo sea pleno en ustedes, amados hermanos, amén.

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