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La fe de los genesaritas

  • Foto del escritor: Cuerpo Editorial
    Cuerpo Editorial
  • 2 may
  • 4 Min. de lectura

Que la paz, gracia y sabiduría de nuestro Señor Jesucristo sean a todos ustedes, amados hermanos, plenos y rebosantes, de olor fragante a nuestro Padre, amén. 

Amados hermanos, con mucho sentir en el alma, es tiempo de meditar sobre cómo hemos hecho, dicho y pensado estar hoy en este día delante de la presencia del Señor y nuestro Padre.

¿Hemos amado? ¿Perdonamos? ¿Hablamos lo que conviene? ¿Creemos fervientemente? ¿Esperamos con fe? ¿Trabajamos diligentemente? 

Hablamos de lo que sabemos y pensamos de lo que conocemos, actuamos según el tono de nuestra alma y todo esto es gracia de nuestro Señor Jesucristo. Aspiramos y añoramos continuamente no ser olvidados por Aquél que nos salvó ni por el Cordero Redentor, nuestro Salvador. Por el Espíritu es que clamamos y en la fe nos refugiamos.

Y en este pensamiento, millones de personas son ajenas a esta realidad espiritual todavía. Viven conforme a una misericordia y están privadas de estas válvulas de escape que los hijos de Dios dispuestos en toda la Tierra poseemos por gracia y amor salvadores.

De estos que no son como nosotros, muchos prefieren mantener tal carencia a reconocer su estado de mortandad espiritual. El resto, no sabe, pero entiende que hay algo más. Hace su vida y cuando el momento de la visitación llega, NO LO DESAPROVECHA y valientemente arrebata la oportunidad. Este es el testimonio de fe de los gadarenos, seres que hacen que el alma fluya por semejante momento de gozo y gracia, la esperanza hecha vivencia y relato de hallar gracia y favor de lo Alto.

Leamos lo que se dice en Marcos 6:53-56 en el nombre precioso de nuestro Señor Jesucristo:

53 Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron a la orilla. 54 Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció. 55 Y recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba. 56 Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos.

Es casi imposible no contener las lágrimas, porque así como el ciervo clama por las aguas pues muere de sed, así los gadaritas tan pronto se percataron de esa barca arribar a sus contornos, vieron a esos hombres descender y la fama de aquel profeta afloró en sus mentes, de corazón corrieron y pasaron la voz. No fueron egoístas y dijeron: “Ya llegó Jesús”, “El Maestro está entre nosotros”, “Avisen que el Rabí bajó de su barca y viene a nosotros”.

A esos ciervos les cayó encima no cualquier agua de lluvia, sino el agua de vida que sanó sus cuerpos y salvó sus almas. Dice textualmente: “…la gente le conoció”. El Espíritu Santo no miente y quiere decir que todos ellos estaban listos para creer.

¿Cómo se habrán sentido el Señor Jesús en esa orilla y el Padre desde Su trono llenos de gozo de haber llegado a una mies lista para ser cosechada y renovada? El hermano en Cristo que escribe no logra contener el llanto de gozo y esperanza, añoranza y fe de que también en los tiempos en que vive se repita esta hazaña.

El hermano Marcos, conforme a lo que el Espíritu le mostró que escribiera, manifiesta que en lo que ellos se acomodaban, los heraldos del propio pueblo fueron a todas partes a comunicar que el momento de su salvación había llegado. Sorpresa, gozo, fe, locura y prisa se conjugaron para llegar y conocer a ese Salvador de quien tanto se oía hablar y por fin, estaba entre ellos.

El Señor Jesucristo caminó entre ellos. Los visitó, se sentó y obró milagros. No tuvo resistencia alguna. Dice la escritura que en esa zona que aldeas, ciudades y campos abrieron las puertas de su corazón para recibir atención suya. Enfermos por todos lados, toda una zona geográfica con aroma grato de fe que llegó hasta el mismísimo Dios Padre.

Tanto así que solo pedían tocar el manto, no se sentían dignos siquiera que él los conociera, y tal era su fe que tocando tal manto eran sanos. Un portento de esta magnitud no era solo para recibir sanidad, sino obtener salud espiritual.

El Señor Jesucristo no se fue de ahí con las manos vacías. Pobló el cielo nuevo y la tierra nueva con muchísimas almas de esa zona y que pronto junto con ellos estaremos en la Patria Celestial. Por esto dice también la escritura más adelante dicho por el propio Señor Jesús: que al que cree todo le es posible (Marcos 9:23).

Estas personas, al igual que muchas en todas las épocas, son proporcionadas por nuestro Padre para que la obra se complete. Es necesario que haya muchos más Genesaret de aquí hasta que Cristo regrese nuevamente. Así que amados hermanos, en gozo y clamor urgente con fe sigamos pidiendo por los vecinos, familiares inconversos, corerráneos, conciudadanos y prójimos dentro del territorio nacional sean todos -en la medida de Su Voluntad Y la fe de ellos- considerados para ser salvos. Y que los apóstoles, predicadores y evangelistas tengan la mies lista para que sean salvos, así como este testimonio de los gadaritas, siga replicándose hasta que nuestro Señor Jesús venga.

Que la gracia, amor y paz de nuestro Señor Jesucristo sea en ustedes, amados hermanos, amén.

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