La fe y fidelidad de Bartimeo en Cristo

Que el amor, la paz y la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes, amados lectores, en su espíritu rebosante, amén.
Amados de Dios y de Cristo: les saludamos y escribimos estas letras sabiendo que nuestro Padre nos ama y ansía tenernos en Su presencia, sobre todo después de alcanzar la estatura del varón perfecto dada a quienes en verdad dan su vida por el aprecio al evangelio de Cristo, es decir, se renuncian a no ser más el “yo” terrenal y en cambio, ser la expresión de Cristo en nosotros.
El siguiente texto, nos habla sobre cómo la fidelidad y amor, además de gratitud y reconocimiento de la misericordia y gracia del Padre hacia nosotros hacen que lo anterior sea sencillo hacer, por el Espíritu, dejando a la carne fuera y el alma está entendida de que es bueno.
En Marcos 10:46-52, se lee la segunda parte, lo que hace que reflexionemos sobre cómo realmente pedimos y si lo que pedimos se acerca o no a la Voluntad de Dios:
46 Entonces vinieron a Jericó; y al salir de Jericó él y sus discípulos y una gran multitud, Bartimeo el ciego, hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino mendigando. 47 Y oyendo que era Jesús nazareno, comenzó a dar voces y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! 48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. 50 Él entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús.
51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista.
52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.
Nuestro amado hermano Bartimeo fue un ciego que vivía de pedir limosnas fuera de la ciudad de Jericó. En aquellos años, tener discapacidades era señal de maldición, pecado o desgracia en el pueblo de Israel. Sobre todo, en el periodo en que Jehová se alejó de ellos y el enemigo tomó posesión de hacer estragos espirituales, pues todo se había corrompido.
Ya nada de la ley mosaica se llevaba por fe, sino que era tradición, religión y negocios, por no decir plataforma política de poder desde el sacerdocio y sanedrín en los tiempos previos al nacimiento de Jesús. El pueblo ya adolecía de una hambruna espiritual atroz, muy pocos tenían una fe en aquel Dios que los sacó de Egipto y leían las escrituras con esperanza.
Ya la mayoría, como ahora, concentrados en vivir en el día a día, cada uno con su afán y su propio camino, despreocupados si alegran o enojan al Creador. Pero llegado Cristo, muchos venían a él para hallar restauración, sanación y vida. Otros por restitución y perdón y otros por esa agua de la que él hablaba, esa vida que predicaba y esa reconciliación que explicaba.
Y también los pobres de espíritu.
Esos seres que solo tienen una oportunidad de estar con el Señor y rápidamente saben que es su Señor y con todas sus fuerzas lo buscan y encuentran. Este pasaje hace brotar lágrimas porque el mundo hace y deshace por impedir este encuentro, a como dé lugar, busca por medio de artimañas que estos humanos no conozcan a Cristo, para que sigan donde están.
Pero nuestro Salvador no permite les nieguen estas almas y las toma, ordena se aparten y es como se da el encuentro maravilloso de confesión de vida eterna. En la realidad, amados, así como cuando Bartimeo: solo, aprisionado y aplastado sobre la entrada de una puerta porque por sí mismo no es capaz de moverse, dependiente de otros en lo poco que le daban y sin él poder aportar algo, sabe en su interior que hay esperanza. Cree en Dios, sabe que existe y no lo puede explicar, pero entiende que, si está preparado, a pesar de las condiciones de la vida que se le imponen, saldrá adelante. Esta es la fe que Dios busca, es la fe que salva.
Luego, Jesús no pasa por donde está precisamente él. La gente se aglutina, se agolpa, cada quien va a su encuentro para su propio beneficio. Y luego, Bartimeo, se sorprende y pregunta, le dan respuesta. Y hace lo único que tiene hacer: CLAMAR.
El Salmo 42 en su máxima expresión, habiendo sido redactado para declarar las vicisitudes de Jesús en su forma humana, así como aplicó al ciego que clamaba, también nos representa en estos días hasta el día que Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, venga.
Lo pondremos, para que se entienda cómo es el verdadero clamor y no la pantomima religiosa aberrante:
1 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.
2 Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?
3 Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, Mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? 4 Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios, Entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta. 5 ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío. 6 Dios mío, mi alma está abatida en mí; Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, Y de los hermonitas, desde el monte de Mizar. 7 Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; Todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. 8 Pero de día mandará Jehová su misericordia, Y de noche su cántico estará conmigo, Y mi oración al Dios de mi vida. 9 Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? 10 Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, Diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios? 11 ¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.
Entonces, mientras la gente le decía: “¡Cállate!”, él siguió clamando más. Cuando el ciervo brama por el agua, es porque la sed es inaguantable, se tiene necesidad extrema. No es placer ni alegría: es momento de angustia y desesperación. Entre nosotros es, además, miedo a morir, terror por el peligro y la búsqueda total de auxilio.
Por eso nosotros siempre tenemos que clamar, porque somos como ese ciervo sediento, porque somos como ese Bartimeo necesitados de la salvación y milagro de Jesucristo en estos días de la carne y porque somos como Jesús de Nazareth, agobiado por sus enemigos.
No temamos en clamar, pidamos por la vista espiritual para ya no depender del mundo, ni depender de nuestro propio intelecto solamente. Porque ciertamente recibimos dones, potencias, talentos y habilidades, pero si no son usados por el Espíritu, nada son.
Y seremos escuchados, así como Bartimeo. Nada ni nadie nos puede callar. Fe y necesidad son el clamor del salmo. Nuestro Señor hace lo suyo: atendernos y liberarnos. Cada ayuda nos da más visión de lo espiritual. Y así como Bartimeo, en lealtad y gratitud, le siguió fielmente, alejándose para siempre de esa mendicidad, de esa puerta de Jericó y de esa prisión, a la nueva vida. Cosas que él nunca vio, por Cristo las vio.
Así nosotros, reconozcamos nuestra falta de visión o ceguera para los asuntos de arriba y seremos sanados. Así, sabremos qué es lo que hay que hacer para honrar el santo nombre de nuestro Señor Jesucristo. Solo pidamos con fe y nuestro Señor obrará. Los amamos y esperamos en el Señor esta palabra les toque el corazón y aprendamos de Bartimeo a dejar todo lo del mundo e ir en pos de nuestro Señor, por fe, a donde nos lleve.
Que el amor, la gracia y la misericordia de Cristo Jesús, nuestro Señor, sea en todos ustedes amados hermanos, amén.

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